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domingo, 14 de julio de 2013

“Córdoba Canta”: Apuntes sobre el contenido patriótico y el imaginario nacional en el Cancionero Popular de Córdoba




“Córdoba Canta”: Apuntes sobre el contenido patriótico y el imaginario nacional en el Cancionero Popular de Córdoba *
Mariana Valle

En la villa de María del Río Seco
al pie del cerro del Romero nací
y esto es todo cuanto diré de mí
porque yo no soy más que un eco
del canto natal que traigo aquí
(Leopoldo Lugones: Romances del Río Seco)


            El significado de “patria” ha sido siempre objeto de debate conceptual en nuestro devenir histórico. Según la Real Academia Española la primera acepción de este vocablo es:  “tierra natal o adoptiva ordenada como nación, a la que se siente ligado el ser humano por vínculos jurídicos, históricos y afectivos” (AAVV, 2010). Para León Pomer, la idea de patria como “tierra de los padres o país natal”, se encuentra estrechamente vinculada a la idea de “nación”, otra palabra intensamente discutida en el ámbito de la “cultura ilustrada”: “etimológicamente el vocablo deriva del participio latino natus, de nasci (nacer, provenir)”, según el autor la nación “se constituye cuando cristaliza la convicción de una pertenencia y una identidad compartidas que nos sitúa en una dimensión transindividual planteando una relación efectiva, real, producida por una construcción cultural, psico-emocional llamada “imaginario” que asegura la cohesión, establece fidelidades y consuma identidades colectivas” (POMER, 2005: 34-38).
Si bien la revolución de 1810, afirma este historiador, fue impulsada por un grupo minoritario de la burguesía acorde a las necesidades económicas de los mercaderes[1] de emanciparse de las prerrogativas políticas de España que obstaculizaban sus intereses, podemos decir que constituyó un hecho “patriótico” en tanto dejó cristalizar  un sentido de pertenencia territorial, reforzado por la construcción de un “imaginario” que se fue instalando paulatinamente en el conjunto de la comunidad.
            Aunque “sólo el 1 por ciento de la población participó de aquella trascendental reunión en la que se asentaron las bases conceptuales y jurídicas que fundamentarían el relevo del virrey y su reemplazo por una junta designada ­o más bien, asentida­ por el pueblo” (LUNA, 1990), gran parte de ese 99% de ausentes, prontamente reconocieron que lo sucedido aquél día (esa revolución nacida en el seno de la burguesía) los afectaba también directamente, como lo percibiremos en las manifestaciones de la música y la poesía popular en celebración de ese momento.
            Arturo Jauretche, sostiene que las grandes líneas de la política argentina corresponden a la oposición entre Patria Grande y Patria Chica:

 “Con las variaciones de lugar y tiempo, con mayor o menor acierto, con más o menos virtudes o crímenes: las guerras de la Independencia, el Partido Federal, el Yrigoyenismo, el Movimiento de 1945 y el gobierno que originó están en la línea de la Patria Grande (...) La Patria Chica surge de la desvinculación de nuestras patrias originariamente unidas, y sus hombres son los que presidieron y facilitaron esa disgregación buscada desde afuera” (JAURETCHE, 2008: 216).

El revisionismo histórico, según el autor, implica acabar  con la visión del pasado expuesta  desde Caseros, que parte de un desnaturalizado concepto de patria. Lo esencial para el revisionismo es concluir con “esa patria de los coloniales  que nos mantiene atados espiritual -y en consecuencia- materialmente al  extranjero”, pues existe una historia que parte de un concepto de “patria” colonial y otro de “patria” nacional por lo cual, según el criterio del historiador, “es incompatible unir las figuras de Rivadavia y Sarmiento con las de Rosas y Facundo” (JAURETCHE, 2008: 9-10). El verdadero sentido de  “patria”, para el autor, es el que involucra a todo el pueblo como sujeto de acción y que  se manifiesta a través de lo que él considera los grandes movimientos populares de nuestra historia que marcan las maneras de hacer una política nacional anclada en la verdadera comprensión de nuestra realidad y no en la mera transferencia de esquemas importados.
Rodolfo Kusch también advierte que el término “historia” se asienta sobre una ambivalencia conceptual tradicionalmente asociado a la “pequeña historia”, aquella que narra los aconteceres de los últimos cuatrocientos años de la influencia europea sobre el mundo y que excluye al resto de los hechos a la “prehistoria” (salvo el recuerdo estratégico de la “historia” de Grecia, que sirve como mito para la ciudad moderna, y el conveniente olvido de la “oscura” Edad Media). Esta “historia” es la del asentamiento de las ciudades, del “patio de los objetos” y de la búsqueda del “ser”, plasmada a través de personajes individuales en hechos concretos juzgados al margen de la comunidad, por eso es una “historia de elite”. Sin embargo, la “gran historia” es la que simplemente “está”[2] detrás de los utensilios hasta nuestros tiempos, la que entraña nada más y nada menos que la supervivencia de la especie, el conjunto de los actos protagonizados colectivamente por las  “masas que se mueven detrás de la pequeña historia de la burguesía” y que, desde el “anonimato”, acompañaron la gesta de San Martín, de Irigoyen  o de Perón-, por eso resume el accionar de todo un pueblo (KUSCH, 1999: 118-123).
Analizaremos, entonces, el contenido “patriótico” como las huellas discursivas de los  sentimientos de ligazón o de pertenencia del conjunto de los individuos de una comunidad hacia su tierra o su nación, recuperando todos los aspectos que involucran a la “gran historia”, según el concepto de Kusch,  en los lineamientos principales de la “patria grande” esbozados por Jauretche.
Todo ideario de nación incluye “una construcción cultural, psico-emocional llamada “imaginario” que asegura la cohesión, establece fidelidades y consuma identidades colectivas” (POMER, 2005: 38).
Según Pomer:
 “La autoridad política  que se instala en los comienzos del estado (presidencia de Mitre) debe obtener obediencia, consagrarse como genuina, aparecer como auténtica. Sus decisiones deberán obligar a un vasto y heterogéneo colectivo social (…). El gobierno que se apoya en una influyente minoría porteño bonaerense lo tendrá como tarea básica y urgente, pero no realizable en lo inmediato (sus sucesores deberán continuarlo)” (POMER, 2005: 43).

 Por lo tanto, desde la elite y los grupos de poder, se erige un imaginario histórico que busca preservar, rememorar y mantener lustrosa cierta visión estática, inmovilizada y definitiva del país, celosamente custodiada “en sus portones de acceso” y que “jamás entregó pasaporte de ingreso  a postulantes emergidos de grandes movimientos populares” (POMER, 2005: 45).
“La Historia” relatada por estos grupos con decisivo poder político y económico, motivó la adhesión a un imaginario de nación con propósitos que, lejos de coincidir con el interés general, lo perjudicaron seriamente.
Este modelo de país produce una versión distorsionada y desnaturalizada de lo histórico a través de una cuidadosa selección e interpretación de hechos y figuras acordes a sus intereses,  constituida por frases rimbombantes y próceres deshumanizados  en donde el pueblo no es más que un observador pasivo de las hazañas de los “grandes hombres”(POMER, 2005: 163-168).
            No obstante, Pomer sostiene que también existe un imaginario popular conformado por símbolos y figuras patrias (Irigoyen, Evita, Perón, etc.), protagonistas de los grandes movimientos sociales, que el pueblo se encarga de preservar testimonialmente en su memoria, principalmente, a través de la oralidad. En este aspecto -según sostiene Detienne citado por Torres Roggero- el canto ocupa un lugar primordial “por su extraordinario poder para dar nacimiento a la creencia, para movilizar a la opinión y a las multitudes y para dar así a la ciudad múltiple su identidad secreta y muda en una sola voz” (TORRES ROGGERO, 2005: 11). Por tal motivo, un aspecto esencial de América a tener en cuenta es la relación entre el cancionero popular y la acción revolucionaria.
Según Viggiano:
“los bienes patrimoniales populares, acaudalados por el hilo invisible, pero ininterrumpido de la tradición latente en el alma de los pueblos como su savia nutricia; constituyen un mundo de vivencias que al margen y paralelamente a la Historia, corren en el transcurso de la vida de los pueblos, y son objeto de análisis del  Folklore” (VIGGIANO ESAIN, 1953:5).

No obstante, creemos que estas manifestaciones también forman parte de la “gran historia”, según los alcances del concepto delimitado por Kusch, y nos proponemos analizarlas en esta dimensión.
El Cancionero Popular de Córdoba de Julio Viggiano Esaín es una recopilación extensa de la expresión popular cordobesa representada en miles de coplas, romances y otras formas de poesía y canto tradicionales, extraídas a través del aporte generoso de cientos de “informantes” de pueblos y localidades del interior de nuestra provincia y de barrios de la capital, cuyos orígenes se remontan desde el siglo XIX hasta el XX y que son plasmados a través de cinco volúmenes extensos editados con el aporte del Instituto de Estudios Americanistas Doctor Enrique Martínez Paz y la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad Nacional de Córdoba.
Para ofrecer una idea aproximada de la magnitud de su estudio, podemos decir que 5256 coplas comprenden sólo la primera parte de este cancionero y sus “dadores” provienen de: Córdoba Capital (barrio Güemes), Calamuchita, Cruz del Eje, Colón, Ischilín, Minas, Pocho, Punilla, Río Primero, Río Seco, Santa María, Sobremonte, Tulumba y San Justo.
Según Viggiano, los orígenes de la literatura de nuestra tierra cordobesa aparecen caracterizados por el influjo cultural hispano de la colonia impregnados del estilo clasicista y culteranista predominante en la península.
Paralelamente a la lírica culta de estilo cortesano o religioso –de cuyo mejor exponente es Luis de Tejeda-, representativa de las inquietudes de la ciudad, se desarrolla una épica popular representante de la vida campestre, que cobra presencia a través de los primeros hechos claves que exaltan el sentimiento patriótico: las invasiones inglesas y la revolución de mayo.
En el contexto de las Guerras Napoleónicas, la alianza que selló España con Francia le costó la pérdida de lo que le quedaba de su poder naval en Trafalgar  y una creciente subordinación al poder del emperador. Los embates constantes de Inglaterra hacia las colonias de Francia hacían pensable un ataque a las colonias españolas, no obstante, se temía que esto consolidara la alianza franco española en perjuicio de los ingleses. Sin embargo, por iniciativa del Comodoro Sir Home Popham, las tropas inglesas, tras la conquista de Ciudad de Cabo, invadieron con sus flotas el Río de la Plata. Phopham, amigo del revolucionario Francisco de Miranda, creía oportuno aprovechar el conflicto político de intereses que existía entre el Virreinato del Río de la Plata, y el gobierno español a raíz de la oposición de éste al libre comercio, lo que había provocado el rechazo de los comerciantes que así lo deseaban y un fuerte disgusto en las ciudades costeras, sin embargo, este malestar no era trasladable al resto de las ciudades alejadas de la costa, como lo fue el caso de Córdoba.
Ante el ataque de los extranjeros, los ánimos patrióticos del pueblo se exaltaron dejando sus hondas huellas en nuestra poesía popular.
En nuestro cancionero, encontramos el “Romance de Liniers”, que cuenta las hazañas de aquéllos tiempos, exaltando la figura del francés en desmedro del virrey Sobremonte que escapó de Buenos Aires a Córdoba -a la que designó provisoriamente como capital- para proteger el tesoro del virreinato y resguardar su propia persona ante la imposibilidad de enfrentar la llegada de las tropas inglesas en la ciudad bonaerense.
Según Viggiano:
“Desde antes de su radicación en Córdoba, el marqués de Sobremonte tenía aquí sus entusiastas partidarios, como también sus agudos detractores. Los dos bandos eran irreductibles y pese a los homenajes oficiales e interesados al virrey, por lo bajo corrían secretamente dicterios y acusaciones” (VIGGIANO ESAIN, 1964: 560),

 como se puede ver en el romance:
“Un marqués nos cautivó/bajo el mando del inglés/pero un bizarro francés/de este yugo nos sacó./Juramento nos prestó/porque no fue prisionero,/tomó su espada y sombrero/y a Montevideo se parte/donde con industria y arte/se presenta cual guerrero./Propone el plan de batalla/que se ofrece a dirigir/y la gente que ha de salir/a espantar a esta canalla” (VIGGIANO ESAIN, 1969b: 32).

Sobre la dimensión heroica que cobró Liniers, también da fe esta copla: “Por más que el inglés intente/volvernos a conquistar/siempre lo ha de castigar/Santiago Liniers valiente”. (VIGGIANO ESAIN, 1969a:219)
Además en La Poesía Popular y Popular épica y Patria, Viggiano también nos presenta el siguiente cantar recogido por un informante cordobés:
“Sobremonte y su esposa/volvieron a Buenos Aires, /sufrirán mil desaires/si no sufren otra cosa,/esta pena es afrentosa/para tanta autoridad/Es verdad/Mariquita y Marín/ vienen aquí con su suegro/Marín ha de verse negro/y Marica con hollín./Aquí todo malandrín/Por que no llega suspira/Es mentira…/Si el pueblo se ha revestido/de furor contra el marqués/es porque entregó al inglés/tanto inocente oprimido./Si hoy aquél se halla sentido/rasgo es de su vanidad./Es verdad” (VIGGIANO ESAIN, 1969b: 15), [3]

Observamos, de este modo, que en el imaginario popular hay una representación histórica maniqueizada en figuras antagónicas que se corresponde con la construcción simbólica de la memoria de los pueblos a través de figuras destacadas representantes de los valores más altos o de los defectos más vergonzantes para la “patria” que, si bien todavía no estaba consolidada como nación, ya vislumbraba en  sus pobladores el sentido de pertenencia y la necesidad de defensa de esa tierra ante la llegada del extranjero. Para Mitre:
         “El estudio de la historia produce bienes, grandes bienes: uno de los mayores es dar fundamento racionales a la admiración por los hombres ilustres del pasado (…) El héroe sirve de modelo a la posteridad y para ilustrar nuestros anales y educar al pueblo por la lección moral de los hechos subordinados a un principio: elegir aquellos hombres capaces de suscitar la admiración simpática o el horror; hacer de ellos figuras simbólicas de la historia, es decir, tenerlos como símbolos del bien y del mal” (POMER, 2005: 164).

La construcción de los héroes no es exclusiva del imaginario histórico proyectado por la cultura letrada,  sino que también se percibe en el imaginario popular transmitido oralmente.
Podemos decir que las invasiones inglesas fueron casi tan significativas para los pobladores de Córdoba como la revolución de mayo, pues exaltaron los ánimos populares con las hazañas de personajes como Martina Céspedes (quien ocupó desde siempre un lugar primordial en el anecdotario cordobés)[4] que lucharon arduamente para defender la “patria” ante la amenaza del extranjero (ELISSALDE, 2006: 96). En la siguiente copla se verifica la importancia del accionar de la comunidad, quien ahuyentó a los invasores tirándole desde los balcones agua hirviendo sobre sus cabezas; esa manera de representar lo histórico escapa al reduccionismo de la “pequeña historia” y de los “grandes hombres” y eleva al pueblo colectivo y anónimo a la categoría de héroe: “Un quintal de hipocresía/veinte y dos de fanfarrón/y cincuenta de ladrón/con quince de fantasía, / dos mil de collonería/mezclados bien y después/en un gran caldero inglés/con gallinas y capones/extractará los blasones/del más insigne marqués” (VIGGIANO ESAIN, 1969b:32)
 La campaña de San Martín también ocupa un lugar primordial en la poesía popular, recordemos que el general es considerado el “padre de la patria”[5].
Para Jauretche, San Martín es la figura representante de la patria “nacional” con urgencia de encausarse “en la empresa continental y la causa común americana” que busca forjar un horizonte político económico acorde a su propia cultura,  en cambio, Rivadavia  se propone instaurar con urgencia la civilización europea. Según Jauretche:

“La crisis de la logia Lautaro entre sanmartinianos y portuarios es un anticipo de toda la historia argentina. Las tendencias que han combatido en los primeros gobiernos patrios ya están definidas. Con San Martín y los caudillos por un lado, y los dictatoriales y rivadavianos, por el otro (…) La tentativa de que San Martín abandone la campaña de la independencia para decidir a favor de los que luego constituirán el partido unitario implica una doble maniobra: utilizarlo para terminar con el interior que se resiste a la política de la factoría portuaria, e inhabilitarlo para la obra de conjunto de la independencia americana” (JAURETCHE, 2006: 85).

El general es una figura emblemática de la Patria Grande porque  busca la integración latinoamericana, Rivadavia –por el contrario- representa el modelo de la “patria chica”, “hostil a la geografía y al hombre autóctono”, que “reduce el país y sustituye a los hombres” (JAURETCHE, 2006: 89).
En el imaginario popular “patrio” de nuestro cancionero, la gesta del libertador es exaltada con loas, como se puede ver en estas coplas: “Brilla el sol en los aceros/grita el bronce de clarín/a su paso los granaderos/de José de San Martín/ su nombre grabamos/en el tronco bruto/del árbol que el fruto/debe a San Martín” (VIGGIANO ESAIN, 1969a: 220-223).
El federalismo, es otra de las líneas históricas de la “patria grande” definidas por Jauretche. En el imaginario nacional de la elite ilustrada que se instaura desde el gobierno de Mitre, la política de Rosas es defenestrada por sus pares. En el trasfondo de los cuestionamientos de estos intelectuales, subyace un ideario de nación incapaz de aceptar al pueblo como sujeto histórico activo de nuestra historia.
Además de los planteos centrales expuestos en el Facundo, la visión de Sarmiento sobre Rosas, implica una noción de los pueblos como “niños que nada saben prever y nada conocen”, por lo cual “es preciso que los hombres de alta previsión y de alta comprensión les sirvan de padre”. Según Pomer, Alberdi reduce la cuestión al siguiente silogismo: “si los caudillos son la democracia republicana en la que todo el mundo está en iguales condiciones de dirigir a sus jefes, sólo se los puede suprimir en la medida en que se arme un tipo de democracia en que los menos cultos carezcan de poder para elegir”. Para Echeverría, Rosas es “ignorante y poco patriota” y quienes lo apoyan “son una hedionda canalla de especuladores y de imbéciles beatos”. El error del pueblo ha sido la falta de juicio para elegir el buen gobierno de “la juventud organizada”, es decir, el modelo impuesto por el propio Echeverría, Alberdi, Gutiérrez y López (POMER, 2005: 124-125).
La política del caudillo, en cambio, es una figura clave en el revisionismo histórico, marcada sobre todo por los intelectuales irigoyenistas nucleados en FORJA y después  por los revisionistas del 55.  Toda su obra estaba teñida, hasta ese entonces, por la “leyenda roja” que la “historiografía liberal tejió para justificarse históricamente”. Jauretche remarca que, si bien democráticamente Rosas “ganó la batalla” en el plano del voto popular, su imagen fue deteriorada por la construcción de imaginario nacional instalado por el aparato de cultura oficial en poder de los liberales. Si la comprensión de su figura “pudo entrar por las anchas avenidas del pueblo”, esto se debió a una serie de intelectuales que juzgaron sus actos en toda su dimensión, con sus aciertos y errores, pero destacando en él una política nacional que, entre otras cosas, defendió a capa y espada la Confederación Argentina frente a las pretensiones imperialistas extranjeras (JAURETCHE, 2006:76-78).
No obstante, en el imaginario popular, plasmado en nuestro cancionero, Rosas y su compañero Facundo Quiroga ocuparon un lugar esencial en la construcción simbólica  representativa de “la patria”.
La siguiente copla cuyo origen se remonta al período rosista, todavía se canta, según Viggiano, durante los años sesenta en la campaña cordobesa: “Cielo, cielito y más cielo,/cielito de federales/que han de triunfar animosos/como en todas las edades” (VIGGIANO ESAIN, 1969a: 221).
 La "dadora" de las siguientes coplas, Carmen Pardo, tulumbense de 92 años,  era descendiente de un soldado de Juan Manuel de Rosas, a quien pudo ver cuando niña, "montado en brioso caballo, de hermoso rostro rosado auroleado y patillas rubias y brillantes", según le relató emocionada hasta las lágrimas a Viggiano (VIGGIANO ESAIN, 1969a: 329): “En la puerta de mi casa/tengo colgada una flor/para prenderla en su pecho/si pasa el Restaurador//.¿A quién le espera un buen susto?/por ser loco bien se ve,/el oprobio se eterniza/de Justo José de Urquiza”[6] (VIGGIANO ESAIN, 1969a:220 ).
La muerte del general en Barranca Yaco fue un hecho fue muy lamentado en la provincia. Doña María Antonia Bustos de Cordone, escuchó por primera vez la historia de Facundo en boca de su bisabuelo. El hombre salía de la antigua Capillita de Tulumba, donde solía rezar a Nuestra Señora del Rosario, cuando le vino uno recuerdo triste a la memoria: “presuroso, sombrero en mano, colocándoselo, desató al caballo, lo montó, alejándose veloz envuelto en la polvareda del camino rumbo al sur, para cumplir su misión en Barranca Yaco…”, le contó emocionado (VIGGIANO ESAIN, 1969: 329). Esta copla también refiere a su asesinato: “A la huella, huella, /huella sin cesar, / se murió Quiroga, / nuestro general” (VIGGIANO ESAIN, 1969a: 222).
El imaginario popular se cierra con dos figuras claves de la “patria grande”: Yrigoyen y Perón. En el imaginario nacional instalado desde el gobierno de Mitre no ocuparon un lugar primordial, pues éste “jamás entregó pasaporte de ingreso  a postulantes emergidos de grandes movimientos populares” (POMER, 2005: 45), no obstante, desde las principales  líneas del revisionismo histórico -protagonizado por Jauretche, Rosa, Corvalán y Caballero entre otros- sus gobiernos son recuperados como base de los cimientos de una política nacional y popular. Del cancionero popular, rescatamos los siguientes ejemplos:
“Es al cuhete que peliés/dijo el Peludo en la cueva, /Carcanito[7] será otra vez…/tronando puede ser que llueva”//. “Con el bigote de los pitucos[8]/haremos un escobillón/para barrerle la calle/cuando se llegue Perón”//. “La araña corre la mosca, /el gato corre el ratón, /a Tamborini lo corre/el laborista Perón”[9](VIGGIANO ESAIN, 1969a: 211).

Para Jauretche cierta política de la historia falseó su heurística en la investigación documental, mientras estratégicamente se crearon condiciones que “impidieron el contraste con la tradición oral, como fuente correctora” (JAURETCHE, 2006:28).
El cancionero popular cordobés, nos deja un imaginario “alternativo” de Nación al impuesto por la elite ilustrada desde Mitre en adelante.  Un testimonial histórico entremezclado de cotidianeidad hecho de héroes “de carne y hueso” alternados entre figuras políticas y “simples” pobladores convertidos en “grandes hombres” por sus hazañas, relatos de la “patria grande”, que incluye al pueblo como sujeto dinámico y decisivo en la construcción de su porvenir.
A diferencia del aquél imaginario, donde  el objetivo de “ejemplaridad” borra las huellas de “lo empírico” y  “se distancia de la vida real de cuyas contaminaciones se cuida como un virus peligroso” [10] (POMER, 2005: 47), la construcción popular nos ofrece una visión “palpable” y “cercana” de los hechos que deja ver la fuerte carga emocional de la que está dotada.
Ramón Doll, citado por el autor,  observa:
         “Siempre que la masa popular, clase media o grueso de la población (como quiera llamarse) ha tenido acceso al gobierno, como en la época de Rosas y más actualmente en el período 1918-1930, siempre que un caudillo de masas ha ocupado un lugar prominente en el escenario social, la clase dirigente -elite, letrados altisonantes, universitarios, etc.- ha estado en abierta disidencia con el jefe o caudillo que encarna las aspiraciones de la masa” (JAURETCHE, 2006: 36). 

 Para él la clave es juzgar correctamente este fenómeno: “No son las masas las que no entienden a las elites si no las elites las que no entienden a las masas, tarea obligada de todo buen pensador” [11](JAURETCHE, 2006: 36). “Esa es la cuestión” o será cuestión, entonces, de dejar que el pueblo “nos cante las cuarenta”.

* Artículo: “Córdoba Canta: Apuntes sobre el contenido patriótico y el imaginario nacional en el Cancionero Popular de Córdoba” número XIII, revista SILABARIO, octubre, 2010, Córdoba, Argentina. ISNN 1514-41100. Con referato.












Referencias bibliográficas:

AAVV.  Diccionario de la Real Academia Española, disponible en http://www.rae.es/rae.html, Consultado el 20/08/10.

ELISSALDE, Roberto (2006): Historias ignoradas de las invasiones inglesas. Ed.Indugraf. Bs. As.

JAURETCHE,  Arturo (2008), Ejército y Política. La Patria Grande y La Patria Chica. Corregidor, Buenos Aires.
__________________ (2006): Política nacional y revisionismo histórico. Ediciones Corregidor. Buenos Aires.

KUSCH, Rodolfo (1999): América Profunda. Editorial Biblos, Buenos Aires.

LUNA, Félix (1990). “Plaza Vacía: Gente Como Uno” en nota aparecida en Página/3, revista aniversario de Página/12.

POMER, León (2005) La construcción de los héroes: imaginario y nación Ed. Leviatán. Buenos Aires.

TORRES ROGGERO, Jorge (2005): Dones del canto. Cantar, contar, hablar: geotextos de identidad y poder. Ediciones del Copista. Córdoba.

VIGGIANO ESAIN, Julio (1953). Función social del folkore. Universidad Nacional de Córdoba. Córdoba.
______________________. (1964). El sentimiento popular cordobés en las invasiones inglesas. Dirección General de Publicaciones de la Universidad Nacional de Córdoba. Separata del Anuario del Departamento de Historia, Año I, Número 1.
 _______________________(1969)a. Cancionero popular de Córdoba. Tomo II. Instituto de Estudios Americanistas de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad Nacional de Córdoba.
_______________________ (1969)b. La poesía popular y épica popular y patria. Universidad Nacional de Córdoba. Facultad de Filosofía y Humanidades. Cuadernos de la Cátedra de Historia Argentina, Serie III N· 2. Córdoba.





[1] Según Pomer, el movimiento independentista “surgió del impulso de la burguesía mercantil y de algunos ideólogos. La caducidad de la autoridad real por obra napoleónica fue la oportunidad para iniciar el proceso de la independencia. Mercaderes porteños y grandes criadores de ganado no veían por qué debían continuar subordinados a la corona y compartir poder, recursos y tributos (…) El espíritu de los mercaderes cruza el 25 de mayo y el 9 de julio sin demasiadas alteraciones”. (POMER, 2005: 74).
[2] La dicotomía entre los verbos “ser” y “estar” que atraviesa el pensamiento filosófico de Kusch también se percibe en su concepción del historicismo: hay una historia del “estar” donde los sujetos son afectados por la ira de la naturaleza, donde conviven los opuestos, donde se encuentra el testimonio de las “masas”, (el indio, el proletario, el negro, el “villero”, el “cabecita negra”, la “chusma”); la otra es la historia del “ser” del mundo afectado por el hombre –que encuentra su punto cúlmine en la revolución industrial-, el afán por la acumulación y por llenar “el patio de los objetos”, la que narra los grandes mitos de occidente.
[3] Estas poesías o letrillas mordaces, decidoras y domésticas circulaban en nuestra provincia, no sólo oralmente, si no  también a través de manuscritos entregados de mano en mano, siempre manteniendo su carácter “anónimo” y popular. (VIGGIANO ESAIN, 1964: 558).
[4] Durante las jornadas de lucha de las invasiones ingleses, doce soldados ingleses se metieron en la casa de doña Martina Céspedes, madre de tres hijas. Doña Martina y sus tres hijas los recibieron cordialmente y les sirvieron bebidas con generosidad, hasta que los doce “fiesteros” ingleses terminaron totalmente en curda y encerrados en una pieza y, finalmente, fueron entregados a Liniers por Doña Martina. Por la hazaña recibió el cargo de “Sargento Mayor con goce de sueldo y uso de uniforme”. Según cuenta la historia, en vez de doce prisioneros, Doña Martina entregó solo once porque, según dijo, reservaba el faltante para que se casara con su hija menor. La ocurrencia fue festejada por Liniers y sus acompañantes (ELISSALDE, 2006: 96)
[5] Pomer, dice que este mérito lo difundieron principalmente Mitre y Juan María Gutiérrez. Para Sarmiento, en cambio, la expatriación del general era una “útil lección” para alguien que había aprobado el gobierno despótico de Rosas por “pura repulsión al extranjero” (POMER, 2005: 173).
[6] Para los revisionistas de la historia de Rosas, en especial, Urquiza trascendió como un “traidor”, muchas coplas refieren a este tema.
[7] Este verso hace alusión al cordobés Cárcano, el rival político de Yrigoyen.
[8] También los peronistas llamaban los “chuchumecos” a la vieja oligarquía consolidada. Con motivo de la venida a Cba. del presidente Perón, donde desde los balcones del Cabildo habló al pueblo congregado en la plaza San Martín en 1953, por el barrio Güemes - de donde proviene este "informante"- pandillas de  muchachos desarrapados cantaban esta copla, según nos relata Viggiano.
[9] El apellidado Mosca, compañero de fórmula de Tamborini en el 46, ocupa varias coplas, debido al doble sentido a que se presta su nombre.
[10] Según Pomer, este “vaciamiento de la realidad” que ocurre en el imaginario histórico es un  instrumento de poder y de dominación eficiente, y al mismo tiempo vulnerable, pues plantea un presente y futuro vedado para demasiados, lo que atenta contra su propia credibilidad y lo corroe en sí mismo (POMER, 2005: 46-47).
[11] Doll, explica lo que parece una obviedad, pero muchos olvidan conscientemente: “Las masas populares iletradas en todas partes están necesariamente distanciadas de los pensadores, de los publicistas, porque sería ridículo pretender que un chofer o una cocinera estén al tanto del último artículo de Maurras  o de Chesterton” (JAURETCHE, 2006: 36).

martes, 24 de abril de 2012

Los escritores malditos de Córdoba: Barón Biza, Sotelo y Panko


Los poetas malditos (del francés Les Poètes maudits) es un libro de ensayos del poeta francés Paul Verlaine publicado por primera vez en 1884, y luego en una versión aumentada y definitiva en 1888.
En esta obra se honra a seis poetas: Tristan Corbière, Arthur Rimbaud, Stéphane Mallarmé, Marceline Desbordes-Valmore, Auguste Villiers de L'Isle-Adam y Pobre Lelian ("Pauvre Lelian" en el original francés, anagrama del propio Paul Verlaine). Los comentarios de los autores que dio Verlaine, que conoció personalmente a la mayoría, tratan sobre el estilo de su poesía y de anécdotas personales vividas con ellos.
Verlaine expuso que dentro de su individual y única forma, el genio de cada uno de ellos había sido también su maldición, alejándolos del resto de personas y llevándolos de esta forma a acoger el hermetismo y la idiosincrasia como formas de escritura. También fueron retratados como desiguales respecto a la sociedad, teniendo vidas trágicas y entregados con frecuencia a tendencias autodestructivas; todo esto como consecuencia de sus dones literarios.
El concepto de Verlaine del poeta maldito fue en parte tomado del poema de Baudelaire llamado Bendición, que inicia su libro Las flores del mal. El uso de esta expresión y del término malditismo se generalizó luego para referirse a cualquier poeta (o a un escritor de otros géneros o incluso a un artista plástico) que, independientemente de su talento, es incomprendido por sus contemporáneos y no obtiene el éxito en vida; especialmente para los que llevan una vida bohemia, rechazan las normas establecidas (tanto las reglas del arte como los convencionalismos sociales) y desarrollan un arte libre o provocativo.
Entre los literatos que han recibido el calificativo de malditos estarían también, aparte de Verlaine y de su grupo, escritores como Charles Baudelaire, François Villon, Thomas Chatterton, Aloysius Bertrand, Gérard de Nerval, el conde de Lautréamont, Petrus Borel, Charles Cros, Germain Nouveau, Antonin Artaud, Émile Nelligan, Armand Robin, Olivier Larronde, Innokienti Ánnienski, John Keats y Edgar Allan Poe.
En Córdoba, Barón Biza, hombre de acomodada posición, hijo de los millonarios Wilfrid Barón y Catalina Biza, poseedores de grandes latifundios en la provincia de Córdoba encarna por excelencia este prototipo.  Desde su juventud incursionó en política, apoyando al líder radical Hipólito Yrigoyen, una posición extremadamente inusual en las clases más acomodadas; se abocó también a la literatura, publicando en 1924 el polémico Risas, lágrimas y sedas, y a los negocios. 
Mientras tanto, la situación política de Barón Biza peligraba; había apoyado a José Félix Uriburu cuando este derrocó a Yrigoyen, pese a su antigua simpatía por el político radical, pero poco después comenzó a combatir al régimen de la Década Infame. 
En realidad, era él un admirador del anarquismo individualista de Max Stirner y tal vez ello causara sus vaivenes políticos, pero siempre conservando su interés hedonista y su grán descrédito hacia el destino del hombro, una actitud misógina que llevó a la perdición a su familia como lo señala su hijo -y quien también se suicidara-  en "El desierto y su semilla". 
Otros, como Lugones y Borges, habían leído a Stirner -un filósofo desacreditado por sus compañeros de estudio -Marx y Engels-. Se señalaba que su afán desmesurado por el "hombre superior" -con ecos nitzscheanos- podía ser peligroso para el ideal de la revolución proletaria (sobre esto ver el libro: Filosofía, Misantropía, Apatía, dirigido por la revista NOMBRES de la UNC) 

La publicación de un periódico opositor lo llevó a la persecución y al exilio en Uruguay, pero tampoco allí pudo actuar libremente. La convocatoria de una huelga de protesta contra los gobiernos argentino, uruguayo y brasileño lo llevó a prisión en el país transplatino. Esta gesta se ve reflejada en su libro periodístico Por qué me hice revolucionario (1932) publicado en Montevideo por Editorial Campo. Una segunda edición saldría en la Argentina un año después, con varios párrafos censurados.
Es en la cárcel cuando finaliza los trámites de publicación de la más célebre y controvertida de sus obras, El derecho de matar, una novela pornográfico-filosófica en la tradición del Marqués de Sade. El libro estaba revestido en plata y en su portada aparecían una calavera y una guadaña ensangrentada. En su interior tenía ilustraciones art-decó del dibujante Teodoro Piotti. 

Barón Biza hizo enviar uno de los ejemplares al Vaticano, mofándose del Papa con estas palabras: 

"para que tus porteros lo dejen pasar, para poder atraer tu atención, para que él sea una nota relevante de brillo en el salón entristecido de tu biblioteca oscura; he revestido de plata su portada". En su prefacio anuncia: 
"Lector, no quiero ni debo engañarte. No necesito tu aplauso

 ni me hace falta tu dinero. Estoy mas allá del oro y la fama 

(...) No tengo trazas de Cristo ni vehemencias de profeta (...)

 Mi libro, dejará en tu alma un acre sabor de inmoralidad. 

Será libro inmoral porque mostrará su pubis y sus senos y

habrá de hablarte desde el fondo oscuro del protoplasma. Él 

te hará dudar de tu Dios. Él te enseñará a escupir sobre el 

Código de la sociedad y de la Ley, de esa ley dictada por 

sicalípticos, seniles, decrépitos y repletos. Si no tienes 

coraje para leerlo, déjalo. Hay en él cátedra de muerte, 

tribuna de revolución, escuela de crimen, remansos de odio

y sadismo fruto sólo de la simiente de los hombres (BIZA, 1933:18)

El Derecho de Matar cuenta la historia de Jorge Morganti, su hermana Irma y su amante Cleo. El relato es intencionalmente desparejo. En él, la artificialidad y el exotismo van tejiendo una narración sesgada por reflexiones filosófico-morales que oscilan entre el erotismo tradicional y una nueva forma creada por la aguda sensibilidad de Barón Biza.
Pese a no ser su mejor trabajo, El Derecho de Matar se convirtió en el libro más famoso de Barón Biza y en la "obra maldita" por excelencia de las letras latinoamericanas.
Sin embargo, el gobierno de Agustín Justo (a quien Barón Biza había llamado "grotesco y fofo tiranuelo", confiscó en la imprenta la primera tirada completa de cinco mil ejemplares, e inició contra Barón Biza un proceso por obscenidad. Defendido por Néstor Aparicio, logró con dificultad una absolución, aunque permanecería en la cárcel por razones políticas. No había sido liberado aun cuando, ante la noticia de la muerte de Yrigoyen, alquiló un tren, al que vistió de luto, para transportar desde Córdoba a los radicales que deseasen participar del cortejo fúnebre.Posteriormente publicó una segunda versión de "El Derecho de Matar", en edición rústica ya que deseaba que la obra fuera accesible para el bolsillo de los obreros.
El 16 de agosto de 1964, Clotilde Sabattini había fijado una visita con sus abogados para dar fin a los trámites de separación legal. En el curso de una discusión, a poco de recibirlos, Barón Biza —que había ofrecido un vaso de whisky a los letrados— repentinamente arrojó el contenido de otro al rostro de su esposa. Contenía ácido sulfúrico, que le produjo gravísimas quemaduras; Barón Biza huyó del lugar mientras los abogados trasladaban a la mujer al Hospital del Quemado, donde fue intervenida en la cara, el pecho y las manos. Tras la denuncia, la policía allanó su residencia al día siguiente; en el dormitorio hallaron el cadáver de Raúl, que se había disparado a la sien. Su cuerpo reposa debajo de un olivo, a pocos metros del obelisco que erigiera en honor de Myriam Stefford.
Legó a la municipalidad de Lomas de Zamora una fastuosa propiedad que poseía en la zona, el hoy llamado Parque Barón.

Tanto su ex mujer como su hija María Cristina y su hijo Jorge se suicidarían en años posteriores.





Horacio Sotelo, nuestro segundo "escritor maldito", se inició como escritor en la cárcel (su trayecto carcelario abarcó las cárceles de La Plata, Villa Devoto, Caseros, Olmos y La Pampa) y, una vez obtenida la libertad, su vocación literaria se perpetuó a la par de su oficio de vendedor ambulante (de cubanitos) en las calles de Córdoba.
Según sus palabras, entrevistado por una periodista del diario Clarín:
 “En las celdas individuales de Olmos, cuando me acostumbré a la soledad, empecé a leer otra vez. Leí a Cortázar, a Roberto Arlt y hasta el Corán y otros libros orientales. Y empecé a escribir. Poemas malos, de esos "en el cielo las estrellas. Después vinieron otros, llenos de resentimiento, de odio, con hedor a cárcel, a encierro. Muchos años después, este que soy ahora los reescribió. Sin resentimientos. Pero con la memoria de los que fui y de los que soy". (Plattia, 2000: s/d).
Sotelo ha experimentado “en carne propia” un recorrido de vida marginal, por eso el valor de su experiencia como una estrategia discursiva  para legitimar su comprensión del entorno al cual se refiere.
Para Elías Castelnuovo, es necesario distinguir entre aquél “escritor de la pobreza que escribe desde su lugar de élite o de pequeño burgués ilustrado” y el del verdadero “escritor del hambre”, podríamos decir, que sufre el mismo contexto al cual se refiere, deducción que extraemos de sus siguientes palabras:
“Los campesinos que pinta el escritor ruso (se refiere a Tolstoi) en sus novelas no son realmente lo que fueron en la realidad, sino como él los elaboró con sus ideas señoriales en la mesa de redacción de su escrutinio. Si un artista campesino hubiese pintado a su clase, seguramente que habría procedido de modo contrapuesto. O hubiera arribado de fijo a conclusiones diametralmente antagónicas (…) Una cosa es derramar sudor y sangre sobre un surco y otra cosa muy distinta es hacer anotaciones en una libreta alrededor de la poesía que entraña semejante hemorragia (…) Por manera que si no cumple con su cometido, la posteridad se lo echará en cara, siempre que no lo borre del mapa” (Castelnuovo, 1977:20).
Según Castelnuovo:
”La imaginación de un artista hambriento es totalmente opuesta a la imaginación de un artista satisfecho, merced a que el pensamiento sigue las fluctuaciones del cuerpo como la llama de una lámpara sigue las alternativas del combustible que la alimenta” (Castelnuovo: 1977: 85).
Más allá de las elucubraciones polémicas del autor de Boedo, recuperamos de sus ideas aquella escisión entre los escritores de la pobreza, la cual nos sirve para reflexionar sobre los modos por los que circula la literatura en un medio marginal: cual Silvio Astier que hurta los libros[i], es esto lo que hacen los “escritores del hambre” como Sotelo, quien accede a éstos a hurtadillas buscando entre los únicos ejemplares de una biblioteca muy poco selectiva armada por lo que el resto de los presidiarios abandonó, según nos cuenta:
“Creo que las bibliotecas de las cárceles son las mejores del país. Porque los presos que salen dejan los libros, hay una cantidad de libros impresionantes, ¡hay cada libro ahí! Mirá que hasta el Corán leí ahí y otros libros sagrados de la India, porque hay muchos libros” (Sotelo, 2005: 61)[ii].
ostenemos, en nuestra línea de lectura, que Sotelo prefigura un público burgués o pequeño burgués  en su obra al cual se dirige mediante la segunda persona. Para confirmar nuestra hipótesis analizaremos algunos de sus poemas. 
En los “Habitantes del abismo”, describe el siguiente cuadro:

Semáforo rojo/ Detenés el coche/Y no notás/Lo que el asfalto salpica/ Cuando las ruedas frenan./Criaturas irreales/Saltan de la vereda,/En sus manos/Un secador, golosinas,/La “Luciérnaga”,/Lo que tienen en la mano,/Es el último eslabón,/La única posibilidad de no caer/Y a ella se aferran (…)/No, no te culpo/ Defendé tu realidad,/Tenés derecho a ella,/Trabajaste toda tu vida,/Formaste una familia,/ Pagás impuestos, votás,/No sos culpable de la pobreza,/La corrupción, la delincuencia/Las culpas siempre son ajenas/Y qué distantes/ y seguros nos sentimos/Protegidos por la coraza de la indiferencia (Sotelo, 2004: 136-137).
El “tú” al que se dirige, claramente no es quien sufre la exclusión sino quien está integrado al sistema y se siente protegido por “la coraza de la indiferencia”, incluso parece hablarle directamente a quienes compran la revista La Luciérnaga[i].
En “El viaje” el poeta se dirige a un “tú” a quien invita a una aventura sin igual a través del peligro, tal como él la experimentó. Podemos asociar esta segunda persona también con el lector:
 “Viajá conmigo, /te invito/ a dar una vuelta por el pasado/ ponete el cinturón/ se anda muy rápido/por esos caminos/ te llevaré a la vieja cancha de Quilmes/ con sus tablones semipodridos/ y en medio de la hinchada/ agitando banderas azules y blancas/ saltarás y gritarás conmigo (…)/ Viajá conmigo./ Caeremos presos/ y conocerás Devoto, Caseros/ y en La Pampa (…)/ Caminarás en los recreos/ del brazo de los carteles (….)/ Saldremos en libertad/ y volveremos a robar/porque nos gusta la noche/las minas platinadas/los caballos, los garitos (…) Pero sobre todo porque probamos la peor de las drogas/ el peligro/ y queremos seguir probando (…)/ y en una celda gastarás tu juventud/ y te romperás día a día/ hasta quedar hecho añicos/ Yo me bajo/ para mí/ hasta aquí llegó el viaje, amigo./ No, no te he traicionado/ ni mentido/ sólo hice con vos/ Lo que hicieron conmigo” (Sotelo, 2003: 33-36).
El viaje, sería –siguiendo con nuestra hipótesis de sentido- el mismo proceso de lectura
y lograría su efecto catártico al final del poema, pues el héroe aventurero arrastraría consigo al receptor a un mundo que ,en principio, se propone desafiante, pero al final es objeto de desdicha para el protagonista quien “gastó su juventud” en la cárcel por probar de esas tentaciones: “la peor de las drogas”. El peligro se configura aquí como el espacio del deseo, pero también de lo prohibido.
Este fenómeno que articula el deseo al interior del pacto de lectura con las estrategias de persuasión del texto orientadas al destinatario se llama “proyección”. En sentido propiamente psicoanalítico entendemos por proyección: “la operación por medio de la cual el sujeto expulsa de sí y localiza en el otro (persona o cosa) cualidades, sentimientos, deseos, incluso `objetos´ que no reconoce o rechaza en sí mismo -según Freud-, el organismo se halla sometido a dos tipos de excitaciones generadoras de placer, unas de las que puede huir y protegerse y otras de las que no, la proyección aparece entonces como el medio de defensa originaria frente a las excitaciones internas que por su intensidad se convierten en excesivamente displacenteras: el sujeto las proyecta en el exterior lo que les permite huir” (Laplanché y Pontalis, 1993: 306 -309).
Creemos, en este caso, que lo que se le propone al lector prefigurado como operación discursiva subyacente, es precisamente la búsqueda de la liberación del contenido reprimido o rechazado por la cultura burguesa[ii].
    En el poema “Los que van a morir te saludan”, del cual extraemos un fragmento, la segunda persona es asociable tanto a la figura del lector como al propio poeta en coloquio consigo mismo. La “domesticación” o “subordinación” al estilo de vida burgués tipo de quien se alía con el sistema de poder en el que vive, surge como un efecto irrevocable de una vida “recuperada” o “en vías de recuperación” de un pasado reaccionario e intransigente con el régimen capitalista, como el de todo ladrón, que atenta contra su valor máximo “la propiedad privada”:
“Cuando las rejas ya no importen/ Y digas sí, señor/ y hasta le sonrías/ Como cuando te tiran un hueso (…)/ Ese día hombre, estarás muerto. / Y te habrás olvidado para siempre/ que alguna vez fuiste/ fuerza/libertad/movimiento.” (Sotelo, 2003: 5-6)
En el poema “Tres ladrones”, en cambio, el poeta se dirige a un “tú” femenino de este modo:
“Desnuda/ en la cama/ como colgada del abismo/ y yo parado al borde/ doy el salto y/ tus labios blandos y tibios/ tu piel tan tersa/ que la toco/ y casi no me doy cuenta/ Decido hacer el camino al revés,/ como me gusta a mí/ mis manos/mis labios/ mi lengua/ tres ladrones/ en busca del tesoro/ que guardás entre tus piernas/ Es un asalto/ quedate quieta/ vamos a robarte/ hasta la última gota/ del néctar de los Dioses/ las lágrimas agrias/ que sólo un macho/ puede hacerle llorar a una hembra” (Sotelo, 2004: 11).
     A igual que en “Dejá entrar al ladrón”, el “escritor-ladrón” propone despojar a la mujer de los pudores que le impiden  experimentar el placer “cerrando los ojos y abriendo los cerrojos del alma”:
“Y que, a hurtadillas, / te robe lo mejor de vos/ y lo esconda en lugar más seguro/ de tus sueños/ Dejá entrar al ladrón/ dale la llave de tus labios/ Que trepe el muro caliente de tu cuello/Que te diga/Una locura al oído (…)/Un trato:/Si cerrás los ojos/Y abrís los cerrojos de tu alma/El ladrón se entrega/Y termina estos versos” (Sotelo, 2003: 8-9).
El estudio de la retórica particular del escritor aunado con el análisis de las operaciones discursivas subyacentes sirve para connotar la marginalidad, como un espacio selecto al cual puede hacernos llegar el escritor si nos dejamos “robar” nuestros prejuicios en las lecturas o si vivimos la instancia de la proyección en las historias.
“Marginalidad” no es sólo un término con una definición negativa (la carencia de la riqueza que es la pobreza, o la exclusión del sistema) sino también un término definido positivamente donde descansar de las prerrogativas de la moral burguesa, donde aventurarse a los peligros de la vida o a donde reencontrarse con un Eros perdido[iii].
Entendemos la cultura “marginal” en aproximación con el significado de “cultura popular “que definió De Certeau en “La Belleza del Muerto”:
“Fue principalmente el contenido erótico, procaz, obsceno lo que llamó la atención de los lectores sobre “libros de cordel” en el siglo XIX en Francia. Para reprimir este contenido pernicioso de “las buenas gentes”, un agente de la policía –Nisard- se abocó esmeradamente a su recopilación y estudio, por eso  De Certeau afirma que en los orígenes de los estudios de la cultura popular hay “un muerto”, o en otras palabras, un interés y una verdad  silenciadas”. (De Certeau, 2004: 57 a 70).
La representación de la marginalidad en la obra de Sotelo representa el eros o incluso, el falo, en términos freudianos. En Cavernas, por ejemplo, una mujer de clase media busca la satisfacción sexual –que su marido impotente no le puede provocar-mediante encuentros furtivos con vagabundos.
El humor igualmente circula en estos simpáticos “marginales” con “dialecto cordobés” como podemos ver en este cándido episodio de Cavernas en que, una vez dispuestos a comer el asado, un can arruina el almuerzo de “El Perro”, “Pancita”, “Matate” y “Cachumba”:
“Seis perros atacaban la parrilla -¡Fuira perro culeado! Uno corrió hacia el monte con una ristra de chorizos, otro con las morcillas, los demás arrasaron con las costillas y el matambre y escaparon (…) –Qué pasa, che, es el primer día que no comen!, ¡vamos, pongan música, pongan La Mona, vamos! La Mona Jiménez. El quitapenas de los cordobeses pobres. Pero eligieron mal el tema: “mis padres eran tan pobres, que no había pa’ comer” (…) Matute abrió una heladerita. Menos mal que los perros no chupan” (Sotelo, 2005: 36-37).
   El Cabezón, por otro lado, propone en su obra hasta una estética de la marginalidad:
“Escribir en el límite, o mejor, en y desde el límite (…) Al límite del idioma, de la moral, de la razón, al límite del terrenito que te compraron y te escrituraron en tu mente (…) Escribir al límite para poder vivir ídem…” (Sotelo, 2005: 12).
En cuanto a la sintaxis, Sotelo también funda una nueva estrategia de lectura para llevar su escritura “al margen” del discurso cotidiano. A estos fines, emplea un lenguaje “violento”, con: a) metáforas “inesperadas”, b) uso de verbos y sustantivos “escatológicos” y c) ausencia de los signos lógicos de puntuación, de nexos y de entrecomillados,  que transmiten una sensación de “escritura vertiginosa”- como el mismo peligro que denota- donde las ideas se superponen unas tras otras sin pausa para recuperar el aliento en la lectura.
Veamos algunos ejemplos:
a) “Tus movimientos/De hoja seca en el agua/Tu lengua/Babosa filosa/Buscando la mía/Dando pelea/Gusanos dados vueltas/Panzas húmedas y blancas” (Sotelo, 2003: 17 a 19)
b) “Levantó un brazo, la miró. Dormía fea y fantástica. Su vientre latía como el de una araña después de haber almorzado, reposando en la telaraña” (Sotelo, 2005: 7).

Las escenas de sexo explícito violento, sadomasoquismo y heridas descriptas minuciosamente por el narrador son algunos ejemplos de su “estilo agresivo” que se encuentran en la autobiografía Alias Árbol.  En un pasaje, Árbol, advertido de que La Gorda y su pareja le han robado su motín, le prende fuego a ésta:
“Abrió bien las piernas de la mujer y, con los dedos, abrió su vagina; arrimó el pico de la botella de alcohol y le echó el líquido adentro (…) Enrolló el papel haciendo un canuto. Lo impregnó en alcohol. Se agachó sobre ella y se lo introdujo hasta la mitad. Rebuscó en sus bolsillos. Fósforos. Encendió uno:-vas a coger con el diablo hija de puta…” (Sotelo, 2005:10).
En otro momento, Árbol  pretende zafarse del sistema penitencial provocándose una herida cortante: “Abrió de un tirón la planta de la zapatilla. El feite. Media hojita de afeitar. Se paró. La tomó firme con los dedos. Respiró. Se abrió de piernas…Apoyó la punta de su hoja en su brazo izquierdo, un poco más arriba de la muñeca, escarbó como jugando. Cortaba. ´Los cortes siempre p’arriba, pibe, las venas grandes escapan cuando entra el feite, corta las secundarias, sangran mucho, corte bien al fondo y largo después abra la carne  y se forman unas conchas así que impresionan. Si corta a través y emboca una vena o una arteria, si no lo atienden rápido allá va. Siempre p’arriba, hondo y largo el tajo” (Sotelo, 2005: 18).
Podemos entender su estilo “agresivo”, en el sentido que le da De Certeau:
“Esta agresión tiene por característica ser una manera de tratar el lenguaje, y no la mera adición de algunos giros, funciones o enunciados de más. Político, erótico o gratuito, el ultraje maltrata la lengua. No funda, golpea (…) Por eso mismo revela la violencia encerrada en un orden. Desencadena el furor. Hace brotar la cólera entre los que habitan en un sistema de producción (…) El manifestante que golpea una computadora IBM o la puerta de un auto procede –pero fuera del texto- como el escritor que trabaja en la deconstrucción del lenguaje.” (De Certeau, 2004: 77).
A nivel simbólico, la estética de “El Cabezón” marca una manera de significar la violencia encerrada en un orden presuntamente “tranquilo”, por el cual se transita diariamente y es una forma de impactar y de protestar frente al público receptor desde su lugar de marginado.

El tercero de nuestros "escritores malditos" es Roberto Panko, autor de Sexilia. " El 40 de Marzo de 2694, en la ciudad de Sexópolis, del planeta conocido como el Plano terráqueo, una litera avanza conduciendo a la bella, seductora y cruel Sexilia rumbo a "Esclavirtud 94", feria anual donde se ponen en venta los mejores esclavos sexuales. El libro puede encasillarse, al igual que Alias Árbol de Sotelo, al género pornográfico por las escenas de vejaciones, sadomasoquismos y sexo explícito que se producen en él. Una vez más, el sexo constituye una  estrategia discursiva para reclamar la alienación del mundo burgués y, en este caso novedoso, para enfatizar el rol de la mujer discriminada a raíz de su género y su condición sexual. Recordemos que la figura de la prostituta, tiene el poder sobre el hombre, al conocer el gran secreto de su podredumbre, el desvanecimiento de la pulcritud aséptica del mundo burgués que se revuelve entre los deshechos (los deshechos que ellos producen) de la ciudad maldita en la "zona roja" buscando el placer que su vida confortable no le puede proporcionar: "Se trata de una fantasía futurista que podría haber imaginado el Marqués de Sade: una sociedad de amos perversos y esclavos sexuales en persecución de un mejor orgasmo para la clase explotadora" (Blanco, 79). Para sorpresa del lector, sin embargo, el poder cambia de manos imprevista y arbitrariamente, en una especie de versión extrema de la fortuna medieval que permitía que el señor de hoy fuese el siervo de mañana (...) Los portadores de la litera de Sexilia, antes han sido amos y ahora son esclavos (REATI, 2008:8). Es, en primer lugar,  una crítica al capitalismo que pone precio al placer y  exhibe la ficción de que todo puede comprarse con dinero, sin importar la dignidad humana mientras condena a los humildes, 2)al Estado indiferente de la condición de los excluidos y 3)a la discriminación por la condición de género.




[i] Los libros de Sotelo fueron reproducidos, por capítulos, en varios números de La Luciérnaga, revista cultural de los chicos “trabajadores de la calle”.

[ii] “En su célebre estudio sobre las de seriales radiofónicas, Herta Hertzog cita el ejemplo de una mujer que tuvo grandes dificultades para educar a sus hijos tras la muerte de su marido, y  manifestó el más vivo interés por una emisión en la que la heroína se consagraba a los niños de un orfanato y donde se indicaba expresamente la idea de que la heroína no debería casarse, a fin de proseguir su obra. A primera vista no hay más que un ejemplo de identificación: una dificultad que ha conocido la oyente y no la heroína debe ser asumida por la heroína como lo ha sido por la oyente: estar sola para educar a los niños. La heroína entonces se convierte en una especie de chivo expiatorio, debe asumir lo que hay de malo o de mal (desgracias si las hubiere) en la vida del oyente y, de esta forma, procurarle un cierto alivio. Es éste el mecanismo que Aristóteles llamaba catarsis y que se ha podido, utilizando un término propio del psicoanálisis proyección” (Burgelin, 1974: 109)

[iii] Según la leyenda, Psique se enamora de Eros. Pero no podían amarse más que con los ojos cerrados:
“Psique podía conservar a Eros, su amante, siempre y cuando permaneciera ciega, ciega a sus secretos e imaginarios deseos de completud que Eros realizaría por ella (…) Psique se atreve a mirar el rostro de su amado bajo la luz de una lámpara de aceite (…) quien se despierta y la abandona (…) Una vez infringida la prohibición, el encanto se rompe: en el momento en que Psique decide dejar atrás su ceguera se enfrenta a Thanatos, la noche oscura del alma, la destrucción y la muerte de los propios deseos ilusorios. La depresión, la soledad emocional y diversas experiencias de muerte forman parte del viaje que Psique realiza como consecuencia de esta violación al Hades, o a las profundidades del inconsciente, lugar donde finalmente encuentra la verdad que la libera de su ilusión y le permite recuperar a su amado Eros” (Poch Kade, 2004: 23) 


 Fuentes:
"BARON BIZA" Biografía disponible en WIKIPEDIA online
____________ (1933). El derecho de matar. Ed. del Autor. Bs. As.
CASTELNUOVO, Elías (1977). El arte y las masas. Editorial Rescate. Bs. As.
BURGEIN, Olivier (1974): “La identificación y la proyección” en La comunicación de las masas. Ed. Planeta, Barcelona. Pp. 105 a 118.
DE CERTEAU, Michael (2004): La cultura en plural. Ed. Nueva Visión. Bs. As.Ferrero, FERRERO, Roberto (1993): La mala vida en Córdoba. Alción Editora. Córdoba.
PANKO, Roberto 81998). Sexilia. Ed. del Autor. Cba. 
Poch Kade, Adriana (2004) La casa ocho. Una dimensión psicológica de la humanidad. Editorial Kier. Buenos Aires.
REATI, Fernanado (2008). Sexilia: una barbarellla argentina en los crueles 90. VII Coloquio Internacional de Literatura Fantástica" Desde los orígenes de lo fantástico". 3 al 6 de septiembre de 2008. Universitat Bamberg. Alemania. 
Sarlo, Beatriz. (1988) “Marginales: La construcción de un escenario” en  Una modernidad periférica. Ediciones Nueva Visión. Buenos Aires. Pp. 179 a 205.
Sotelo, Horacio: (2000) Los versos del ladrón. Fundación Refundar Argentina. Cba
____________: (2001) Corazón de pájaro Fundación Refundar Argentina. Cba.
____________: (2004) Los habitantes del abismo Fundación Refundar Argentina. Cba.
____________: (2005) Cavernas. Fundación Refundar Argentina. Cba.
____________: (2005) Alias árbol. Fundación Refundar Argentina. Cba.
Verdugo, Iber H. (1994) Las estrategias de discurso. Universidad Nacional de Córdoba.VALLE, Mariana.  II Jornadas de Historia de Córdoba. Ponencia: “Los escritores del hambre: El caso Horacio Sotelo” (2011). Cba.






[i] El personaje de El juguete rabioso de Roberto Arlt, quien roba con sus amigos una biblioteca para después repartirse las ganancias de la venta de ejemplares.

[ii] Para Rosa, es preciso recordar que:
“El libro es un objeto que fue conquistado con lentitud y paciencia, como el fuego paleolítico y no sin esfuerzo: la serenidad escolar de las bibliotecas oculta un enigma: Los libros fueron siempre objeto de rescate de la voracidad de las llamas (…) La biblioteca reafirma la propiedad inmueble: la biblioteca como el reservorio de la reproducción, de la función transcriptora de la cultura burguesa” (Rosa, 1998: 125-126)