lunes, 11 de julio de 2016

“V” de viñeta, “V” de vendetta o “El Triunfo del lumpen" con cierta payada de un cantor cordobés


 La historieta "Nadie" de Massei y Aguirre articula lo fantástico y lo subalterno a través de una interesante metáfora sobre la condición del marginal, su "invisibilidad" en el trajinar diario de la apresurada vida de una ciudad, que bien podría ser la ciudad de Córdoba.
Un joven es reprendido duramente por su jefe por no asistir al trabajo Luego las noticias transmiten el fenómeno ocurrido: miles de trabajadores no han asistido a sus puestos de trabajo, incluso el gobernador, lo que genera una parálisis en los servicios públicos y en los comercios.


El protagonista camina por las calles desoladas y se encuentra con una muchacha cuyos padres han sido también afectados por el extraño fenómeno de aletargamiento, como el resto de la Ciudad e incluso los padres del propio Arguello.

Esta atmósfera enrarecida, esta abulia generalizada sin atribución alguna le permite a Arguello percibir a los marginales que ocupan el territorio casi desolado de las calles.
Cuando el territorio parece “desolado” por la paralización del desarrollo “normal” de las  sociedades industriales y el “normal” engranaje de los medios de comunicación aparece un mendigo que dice saber “la verdad” de lo que ocurre al incrédulo protagonista del relato.



La pequeña historieta utiliza el fantástico para demostrar los reclamos de los personajes al margen de la estructura laboral-consumista de la sociedad a través de invisibilidad como metáfora.
Esta condición casi "espectral" de los mendigos que sólo se tornan visibles cuando la ciudad se detiene encierra una fuerte crítica al funcionamiento de una sociedad capitalista  que parece olvidar diariamente que los pobres existen.

Ahora, en el reverso de esta invisibilidad de los mendigos, los desempleados, los vagabundos, en fin: el lumpen se encuentra otra postura aún más violenta que sugiere el detallado relato de la “lógica” marxista.
Ranciere nos recuerda en “El Filósofo y sus Pobres” la postura adversa que el lumpen adquiría en el discurso sociológico de Marx:

Esta descomposición que redobla cada clase se reconocía generalmente en la descripción del lumpenproletariado: “podredumbre pasiva de las capas inferiores de la vieja sociedad”, según El Manifiesto, semillero de ladrones y criminales de toda especie que se nutren de los residuos de la sociedad”, según Las luchas de clases en Francia, este subproletariado, en particular habría provisto las tropas de la guardia móvil en junio de 1848 para acabar con la insurrección del verdadero proletariado (Ránciere, 2013:108)


Pero para Ranciere “la explicación sociológica es perfectamente inconsistente” ya que,  si uno averigua bien, “los guardias móviles pertenecían más bien a la elite del proletariado y no a su desecho”, “pero para Marx la podredumbre no sólo es basura del pasado que obstruye las calles; es el producto de una descomposición de las clases que puede tomar dos figuras opuestas” ya que “ existe la podredumbre activa, la buena descomposición que ataca el orden de las castas y empuja a las clases hacia su muerte y “la podredumbre pasiva, la mala descomposición que las retrotrae por debajo de ellas mismas”.
Este “lumpen” además avizoraba el retorno de los “viejos” elementos de la política medieval, sancionados “moralmente” como el “residuo” no sólo de la burguesía sino también de los “triunfos” de la clase obrera a la cual paradójicamente se intentaba “separar” del “estiércol” “no revolucionario”.
Pero, ¿de qué se le acusa al lumpen? Citando a Jorge Torres Roggero veamos, por ejemplo, la sanción adversa que el personaje “lumpen/pícaro” del Martín Fierro ha tenido en su relato:

¿Por qué vituperar, por ejemplo, al viejo Vizcacha? Porque el viejo Vizcacha no ha robado al fisco, no ha coimeado en grande, no se quedó con tierras y haciendas. El pobre viejo tomó lo que necesitaba para vivir, "mil chucherías y guascas y trapos viejos que para nada servían". Hay también lazos, cabestros, maneadores, pavas y ollas. En realidad, desde nuestro puesto de observación, para nada sirven. Pero si bien se mira, los trebejos de Vizcacha articulan los significantes de las tres actividades que pueblan de gestos, significados y símbolos la vida: trabajar, comer, vestir. En otras, palabras, habitar. Y averiguar cómo se habita es una cuestión de identidad, una razón para estar en el mundo (Torres Roggero, 2012: s/d).

Según informes del INADI (el mismo organismo que publica el libro de Ranciere) dimensiones sociales y económicas reimpulsan el debate sobre la legitimidad y pertinencia del hacer político” mediante “representaciones sociales naturalizadas en el comportamiento cotidiano de las personas poniendo dudas sobre las certezas de los criterios de ‘normalidad’ y continuidad de algunos arquetipos configurados y sedimentados por los procesos culturales:

No es ajena a esta tensión la idea que la sociedad tiene sobre la discriminación, la misma se vincula, por un lado, al reclamo por parte de los/las a una “ausencia” o “falla” expresada en la “falta de educación” de las personas. El concepto de “educación” parece vincularse así con una idea de “normalidad” sedimentada en imaginarios sociales que relacionan la cohesión de la sociedad con determinadas pautas morales que deberían signar el comportamiento de las personas. Cuando esta cohesión es puesta en duda emerge en el imaginario la idea de “crisis moral” o “social” donde la educación como idea fuerza hace gala de su funcionalidad constitutiva en la conformación del Estado-Nación argentino (INADI, AAVV, 2010: 77).

Pero, ¿qué es el lumpen y por qué proclamamos su triunfo? Para Ranciere:

El lumpen no es una clase, es un mito: el mito de la mala historia que viene a parasitar la buena. En este sentido, se inscribe en una mitología obrera ya constituida: denuncia burguesa de los ladrones, prostitutas y “furtivos de los trabajos forzados” como motor escondido de todo disturbio obrero o republicano; denuncia obrera de confusiones interesadas entre el verdadero pueblo trabajador y combativo y la fauna turbia de las barricadas de París. Queda de manifiesto que Marx leyó las denuncias de Cabet a los revolucionarios del cafetín. Y el término “lumpen” tal vez lo saque de Heine: al analizar en 1832 la conexión entre la agitación legitimista y las revueltas de los traperos contra los nuevos coches de limpieza, Heine veía allí la lucha emblemática de todos defensores del pasado corporativista, campeones de las “tradiciones basura” de “los intereses de podredumbres de todo tipo”, en resumen, del “estiércol de la edad media” que contamina la vida de hoy (Ranciere, 2013:109).


El lumpenproletariado se “opone al proletariado como la mala descomposición a la buena, la clase que ni siquiera es una clase a la que ya no es una”. Esta “ imagen fantasmal del ejército de los vagabundos a sueldo de la burguesía recubre un secreto más temible aún: siempre es posible reclutar entre la clase obrera a un ejército contra la clase obrera”. (Ranciere, 2013: 109)
 Entonces, la “traición excepcional” de los guardias móviles que dispararon contra sus “hermanos” obreros se justifica a posteriori por “la traición ordinaria de esos obreros a quienes la prosperidad industrial de 1850 impide reaccionar ante la ley que les quita o prohíbe el sufragio a tres millones de ellos”. Entonces, “llegando “hasta a olvidar el interés revolucionario de su clase por un bienestar pasajero, los obreros renunciaban al honor de ser una clase conquistadora”. (Ibidem).
La definición del “lumpen” que “escandaliza” o, peor aún, que “atemoriza al marxismo” es el reverso de la conducta discriminativa que  justifica y que hace del pobre el perfecto “chivo expiatorio”. Sin embargo, su definición es la subsistencia del pícaro que propone su propia ley:

 Toda clase en tanto sus propios miembros defienden en ella sus interés sociales, es prácticamente su propio lumpen” La “lumpenización” de una clase es su retorno a la estricta conservación de sí (Ranciere, 2013: 109)

Recién cuando la sociedad industrial se detiene, la historieta nos muestra la “visibilización” de esos pobres que siempre estuvieron allí proclamando sus "triunfos", su subsistencia en este caso, al margen de los engranajes económicos promovidos por la sociedad de consumo, la réplica de los pobres en sus propias formas de habitar el mundo ante quienes se les "olvidó" su presencia...


Massei y Aguirre (2010) Nadie; Editorial Llanto de Mudo.
 Bibliografía:

Ranciere, Jacques. (2013) El filósofo y sus pobres. Edición los Polvorines. Universidad Nacional de General Sarmiento. Bs. As. INADI. 2013.
Torres Roggero, Jorge. “Sarmiento, el perfume de las ideas” en Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. (consultado el 11/o/2015) Ver:

AAVV. Anuario oficial de INADI (2013). 

Para seguir viendo:




miércoles, 13 de enero de 2016

El Extranjero en la Realidad (novela por Mariana Valle)

Emanuel Ioselli tiene 22 años, fue acusado de ser @camushacker, un “delincuente informático” que se dedicaba a extorsionar famosas a cambio de devolverles fotos "robadas" desde su PC. Emanuel fue detenido por la policía bonaerense y se secuestro su computadora, la cual usaba en una "casilla" muy precaria en la que vivía junto a su abuela, ya que su madre había perdido la custodia y su padre los había abandonado. En las entrevistas que concedió a la televisión, su familia lo nombró un "idiota" incapaz de llevar a cabo semejante prueba de ingenio y, asimismo, su abuela expresó que su nieto era un "antisocial" quien incluso solía sangrar por la nariz en situaciones de pánico y estrés. Un joven obligado a nombrarse un "idiota" para huir de la policía, una vida amarga surcada por la sutil tragedia de la indiferencia diaria. ¿Sería un idiota, un genio? Esta novela es tan posible como cualquiera de esas dos respuestas, aunque prefiero defender a Emanuel Ioselli, por el derecho a la diferencia, por mi propia defensa, por la gran ternura que, pese al hecho delictivo que lo rodeó, despertó en mí y en mis recuerdos. Por todos los "idiotas" que son llamados a marcar la diferencia. Esta novela está inspirada en esa historia, en lo que pudo ser, de Emanuel a Franco, un habitante de una villa miseria cordobesa que lucha por superar su timidez y encontrar su lugar en el mundo. La vida de un hacker con un nombre brillante, el extranjero de la realidad. Esta historia es tan improbable como lo fue la realidad y tan real como esa ficción que parece “lo real”, a menudo tan sesgada por el cliché de la información y por la falsa prosodia de sus actos.

lunes, 28 de diciembre de 2015

Córdoba: Resistencia, rebelión y conservadurismos



Hablar de Córdoba amerita imbuirse de una cultura local de larga tradición atravesada por conflictos históricos que dejan su huella en las idiosincrasias de sus gentes, 
Necesitamos indagar sobre los orígenes y los efectos de la segregación y la discriminación hacia las clases populares en nuestra provincia que, en buena medida, se condicen con procesos similares a los experimentados por el resto del país, pero que además tienen sus rasgos específicos en la historia de Córdoba. Autores como Efraín Bischoff y Fernando Reati entre otros, han desempolvado los registros y archivos locales para explicarnos más acerca de estos fenómenos que abordaremos a continuación.

La universidad fundada por los jesuitas en 1613 es una muestra cabal del legado arquitectónico del barroco colonial, se trata de la primera universidad del país y, por ende, aquella que nos valió el nombre de "doctos", por el gran número de graduados en estas latitudes.
El legado religioso de los jesuitas y de otras órdenes eclesiásticas puede verificarse, para Bischoff, en “el carácter conservador de gran parte de la población (especialmente la clase media y alta) de la Ciudad y se observa urbanísticamente en el gran número de iglesias que son uno de los principales centros atractivos para el turismo”. (Bischoff, 1979:76)

La primera universidad fue quello que asombró a Sarmiento como hecho rescatable dentro de la "barbarie" del resto de las provincias, alejadas de los centros educativos. No obstante, hasta el sanjuanino se “quejó” de las conductas tan conservadoras de los cordobeses. 

Córdoba le parecía culta, sí, pero no dinámica y renovadora sino pedantemente doctoral y escolástica, y “su altanería clerical se evidencia aún en las clases populares”, Córdoba representaba, para Sarmiento, la ciudad reaccionaria, retrógrada, llena de conventos y monasterios, inficionada por el jesuitismo y esto la perjudicaba porque “ la legislación que enseña la teología, toda la ciencia escolástica de la Edad Media, es un claustro en que se encierra y parapeta la inteligencia contra todo lo que salga del texto y del comentario” (Sarmiento, 2001: 111).

Cuando los españoles arribaron a la región del Río de la Plata, las comunidades originarias trabajaban la agricultura principalmente, es el caso de nuestros primeros habitantes, los comechingones.  Por la "docilidad" de las poblaciones, rápidamente muchos aborígenes fueron explotados para otras labores manuales siempre al servicio de los españoles, por lo cual la labor manual, en términos de rigor marxista (la clase obrera) siempre fue denigrada por los criollos quienes los usaban como "mano de obra barata" o, directamente, "esclavos"[1].
Los españoles en  su mayor parte establecieron sus comunidades adaptándolas a los pueblos indígenas agrarios ya existentes y los comechingones de Córdoba, por ejemplo, que tenían una economía semi-agrícola fueron absorbidos fácilmente como mano de obra.  Dando por sentado que los indígenas deberían servirles, los españoles lograron su necesidad de regir sobre otros sin tener que hacer ellos mismos los trabajos manuales  -los cuales le generaban aversión-  ya que impusieron la cultura hispana y el catolicismo con poca resistencia, en parte debido al influjo de la evangelización en las misiones jesuitas (Scobie, 1971: 29).

 Para Bischoff, el catolicismo “instruyó” a estas poblaciones de indios, negros, mestizos, zambos, en la "docilidad" y el respeto por las normas de sus "patrones" operando en formas de  automenosprecio de su propia cultura y de su propio valor dentro de la economía de la región: las clases bajas de piel oscura que hacían labores manuales comenzaron a consideradas deshonestas, incultas, moralmente inferiores, vagas y perezosas, con el tiempo estos estereotipos hicieron mella en las conciencias de la población aún después de la abolición de la esclavitud, la piel oscura se constituyó en un signo de inferioridad para esas mentes (V. Ratier, 1971: 28).

Por el contrario, las áreas no agrarias sin establecimiento de las comunidades nativas generalmente recayeron en las manos de “hostiles indígenas” (no “domesticados” por la influencia cultural hegemónica de los colonizadores) quienes vivieron de la caza y se recluyeron en “campo abierto”  para que no los pudiesen dominar, ofreciendo un espíritu indómito similar al del gaucho de las pampas, aunque demás está decir que este grupo no tuvo gran influencia en el índice demográfico de la provincia.

Para Reati, la población comenzó a “blanquearse” más de prisa en Córdoba debido al  mestizaje y a un soprendente giro lingüístico: la práctica de llamar a las personas “trigueñas” y considerarlos como “blancos” una vez que su color de piel se “abrillantara”, en el proceso de mestizaje, y disminuyeran sus rsgos físicos africanos.

Sin embargo, el color de piel no era el único factor determinante en las clases sociales: “una persona de piel muy blanca podía considerarse “mulata” si sus antecesores habían estado asociados a labores manuales y una persona de color podía considerarse “blanco” si gozaba de una buena posición social”, como explica Florine (Florine, 1988: 7). Por ello, la descalificación obrera, al desplazar el enfoque sobre la denigración de las clases populares, reforzó su dominación y alcanzó a más sectores de la población siendo esto algo que, como veremos, se reforzó con el correr del tiempo.

Podemos establecer un nexo entre esos procesos de descalifiación de las clases populares en la actualidad del término "negro" que, en ese entonces, no designaba a la etnia, sino, por extensión, “a todos los trabajadores de la labor manual asociados al trabajo esclavo de poblaciones consideradas "inferiores" no sólo socialmente sino hasta psíquicamente ya que, a la larga, los españoles (y luego los criollos) no pudieron justificar su dominación sólo en la creencia de que esclavos o indios eran “paganos sin alma” y como resultado, factores psicológicos o personales confluyeron en una mixtura de prejuicios raciales y sociales”, como observa Reati.  

El actua vocablo con que la clase media y alta suelen referirse a las clases populares para denigrarlas, humillarlas, parece conservar esa distinción de base “cultural” (retomando las ideas del legitimismo cultural y disociando una supuesta “alta cultura” de la “baja cultura”), lo que Mareco sintetiza de este modo:

Con "negros de mierda" se pretende señalar e identificar a cierto tipo de gente portadora de características censurables en su personalidad como el resentimiento, la irreverencia descomedida, la mala educación, el mal gusto, los bajos instintos, la procacidad, el irrespeto, lo chabacano, la agresión, la violencia, la ingratitud, el vicio. En el fondo, es una manera de sentenciar, de decir, que no tienen escapatoria, que aquellos criados bajo ese estigma, esto es al desamparo de la cultura y las leyes de la marginalidad social argentina (bajo el rigor de la pobreza y la falta de oportunidades iguales a los demás, padeciendo condiciones adversas que van desde la insuficiente alimentación hasta el acceso a una educación apenas precaria), podrán tener algunas virtudes, pero siempre la oscuridad terminará por opacar el brillo. (...)  Y  si quieren intentar asomarse de modo colectivo serán señalados como la "chusma" o los "cabecitas negras" como ha ocurrido en la historia argentina"[2]

La discriminación de estos sectores es visible en el cuarteto, la música más popular de Córdoba, que proviene de las zonas rurales y pobres de la “peonada” y luego es consumida por la clase obrera en la Ciudad, convirtiéndose así en un emblema de la marginación y la exclusión social, como así también de la discriminación que sufren, según fuentes de INADI el 40% de los cordobeses[3].
Luego del período de facto, el retorno de la democracia no derogó los principales puntos repudiables para los familiares de las víctimas: sin cuestionar la “obediencia debida”, la casa “no estaba en orden” para los familiares de las víctimas. Económicamente se prosiguió con un modelo excluyente, con un estado benefactor ausente y una política de privatización, endeudamiento, hiperinflación.
La emergencia del neoliberalismo menemista reforzó el consenso con el “Modelo de Washington”, la deuda con el FMI significó una intervención política de ese país hasta en los planes de estudio y el manejo del PBI y  hubo una eclosión de barrios cerrados y villas. El contraste haría que la problematización de la pobreza inundara las páginas de los nuevos escritores.
Según Semán, ello marcó la reformulación de los valores de la “cultura popular” en la sociedad del “pos-trabajo”, durante los 90: Jóvenes estigmatizados por sus barrios, sus modos de vestir, sus lenguajes ya no podían creer en los valores del estudio y el trabajo simplemente por la gran crisis de esas instituciones (…) el “facilismo”, el delito menor, el consumo de sustancias, la virilidad o la “fuerza” física y el aguante a las bandas serían algunos de los nuevos valores de jóvenes desplazados (Míguez, 2010: 61). Por otro lado, durante el menemismo, se ampliaron los llamados “barrios cerrados” para las clases altas y aumentaron las “villas de emergencia”, “desde el propio discurso oficial se extendió la discriminación a los sectores populares y los inmigrantes ilegales”. (V. Filc, 2003: 185).
Para Horacio González, el menemismo creó una nueva “inteligentzia” excluyente e indiferente a la cultura popular y a la equidad en la distribución de bienes simbólicos.
La crisis que hacia fines de la década del 90 se desarrolló en nuestro país supuso diversas formas de desarticulación y redefinición de la relación del par estado/sociedad.
Según informes del INADI, en el contexto dimensiones sociales y económicas fueron puestas en tensión, reimpulsando, además, el debate sobre la legitimidad y pertinencia del hacer político.  Vale preguntarse hasta qué punto el proceso supuso alteraciones de conductas, creencias y representaciones sociales naturalizadas en el comportamiento cotidiano de las personas poniendo dudas sobre las certezas de los criterios de “normalidad” y continuidad de algunos arquetipos configurados y sedimentados por los procesos culturales:

No es ajena a esta tensión la idea que la sociedad tiene sobre la discriminación, la misma se vincula, por un lado, al reclamo por parte de los/las a una “ausencia” o “falla” expresada en la “falta de educación” de las personas. El concepto de “educación” parece vincularse así con una idea de “normalidad” sedimentada en imaginarios sociales que relacionan la cohesión de la sociedad con determinadas pautas morales que deberían signar el comportamiento de las personas. Cuando esta cohesión es puesta en duda emerge en el imaginario la idea de “crisis moral” o “social” donde la educación como idea fuerza hace gala de su funcionalidad constitutiva en la conformación del Estado-Nación argentino (INADI, AAVV, 2010: 77).

Difícil hallar un acto discriminatorio más violento como aquél que omite la funcionalidad de la desigualdad social como un ordenador de la diferencia ya que las desigualdades sociales son una condición estructural, pero también, un ejercicio del poder que se internaliza en la subjetividad social y colectiva delineando un orden social determinado. Podemos ver su rostro cuando encuentra espacios para agruparse en miradas múltiples y yuxtapuestas que en sí mismas terminan constituyendo estereotipos que resignifica a los otros como peligrosos.
Pero también Córdoba tiene un largo muestrario de resistencias y rebeliones internas, pese a su fama de "conservadora", desde las intensas luchas entre unitarios y federales, a la reforma estudiantil de los estatutos de la Universidad Nacional en 1918 y hasta el movimiento de revuelta obrero-estudiantil que tuvo lugar en 1969, durante la dictadura de Onganía, el “Cordobazo”. Pese a quienes intentan atribuir “El Córdobazo”[4] sólo a una resistencia por parte de la clase media del poder enquistado en la dictadura de Onganía, hoy se lo recupera como una “movilización popular y urbana”.
“Popular” porque tuvo adhesión de las clases populares que de manera espontánea aunaron sus reclamos: “las columnas que son interceptadas se desbordan por los barrios para llegar al centro, allí recibieron el apoyo de los vecinos, a través de la protección de los manifestantes, armando barricadas para que la policía montada no pueda ingresar e incluso se sumaron a la acción”. “Urbana” porque “se abandonó el objetivo inicial de marchar y concentrarse en el centro, y la manifestación pasó, en cambio, a ocupar los distintos barrios de la ciudad, principalmente los estudiantiles, pero también obreros como Alta Córdoba -cerca de los talleres- o Ferreyra -en zona de fábricas” (Gordillo, 2015: s/d).
 Así como consideramos vital para nuestro análisis entender más acerca de la conformación de las clases populares en nuestra provincia, también necesitamos indagar aquellos puntos de emergencia de esas clases en el panorama local, para lo cual considerar luchas como las de “El Cordobazo” son imprescindibles, en tanto sostenemos que el cuarteto es heredero tanto de los “límites” impuesto por los discursos que cercenan y coaccionan la libertad y la resistencia de esas clases, así como los espacios que lo posibilitan, siendo esa amalgama entre el sector obrero estudiantil vital para el paso del “Cordobazo” al “Cuartetazo”,como veremos más adelante.
Desempolvar estos archivos nos permitirá evaluar qué influencia tuvieron todas estas “batallas culturales” en las vidas de los cordobeses, hasta qué punto persisten como un producto derivado de ellas y hasta dónde como una réplica de las mismas. 

Bibliografía:
BISCHOFF, Efraín. (1979). Historia de Córdoba: Cuatro siglos. Editorial Plus Ultra, Buenos Aires.
HEPP, Osvaldo (1988). La soledad de los cuartetos. Editorial Letra, Córdoba.
FLORINE, Jane L. Cuarteto Music and Dancing from Argentina: In Search of Tunga-Tunga Universitty Press of Florida. 
MARECO,  Alejandro. "Negro": Un estigma más allá del color de la piel, en La Voz del Interior, domingo 27 de enero de 2013.
SARMIENTO, Domingo Faustino (2011). Facundo: ¿Civilización o barbarie? Ministerio de Educación. Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.
FILC, Judith (2003). “Textos y fronteras urbanas” en Revista Iberoamericana, número 202. Enero Marzo-2003. Universidad de Pitthsburgh.
MÍGUEZ, Daniel (2010) Los pibes chorros. Estigma y marginación. Editorial Capital Intelectual. Bs. As.
GORDILLO, Mónica. 2015. Cordobazo: rebelión popular e insurrección urbana. Entevista concedida como conmemoración de los 46 años de “El Cordobazo” en el sitio oficial de CONICET. Ver: http://www.conicet.gov.ar/2015/05/29/cordobazo-rebelion-popular-e-insurreccion-urbana 



[1] La influencia de los esclavos en Córdoba es muy grande, pues hubo un gran afluente de ellos incorporados por los españoles, como así también otros pobladores d  el destruido imperio incaico que incluso portaron linguísticamente la influencia del quechua en nuestro dialecto cordobés[1]. De todas estas confluencias culturales se destaca el “crisol” de razas que se mantuvieron en coexistencia desde los inicios de la provincia, aunque no sin tensión como vemos, y visibles en los primeros censos de los que se tienen datos: Los primeros esclavos africanos arribaron en 1588. En un censo de 1779 se observaban 17.340 españoles o "criollos", 5482 indígenas, 14892 mulatos y 6.338 esclavos. (Bischoff, 1979:69-71).

[2] V. Mareco, Alejandro. "Negro": Un estigma más allá del color de la piel, en La Voz del Interior, domingo 27 de enero de 2013.
[3] En el año 98, el 70% de los argentinos se sentía discriminado, en especial por su clase social, según dato oficial de INADI.
[4] El movimiento empezó cuando las dos CGT nacionales decidieron una huelga general para el 30 de Mayo, porque Onganía se negaba a restablecer la negociación colectiva y la actualización salarial, suspendidas en el ´67. En Córdoba lo adelantaron un día y adoptaron la modalidad propuesta por Agustín Tosco -del Sindicato de Luz y Fuerza- que implicaba el abandono de los lugares de trabajo desde las 10 hs hasta el día siguiente -es decir por 36 hs, en lugar de 24- y la movilización hasta un acto en el local de la CGT.La convergencia con la cuestión estudianti fue el sello distintivo cordobés. Este sector venía movilizándose para reclamar frente a las intervenciones en las Universidades. Los estudiantes de Corrientes ya habían sido reprimidos luego de una protesta que culminó con la muerte de uno de ellos y esto a su vez produjo una serie de marchas del silencio que causaron dos muertes más en Rosario. Este antecedente posibilita la concreción de otra iniciativa de Agustín Tosco, la convergencia de un reclamo obrero-estudiantil.

miércoles, 23 de septiembre de 2015

Atrapame, ¡si puedes! Estrategias de asimilación del Código Penal Tradicional en las Clases Populares y ejemplos en la narrativa del policía cordobés Víctor Retamoza







El libro Chanfles en Acción,[1]  del escritor cordobés Víctor Retamoza[2], muestra la tensión entre el “sistema legal” en donde la clase popular no ocupa sino el espacio del “anonimato”, atrapada su voz entre la encrucijada de los no siempre justos “códigos penales” y, por otro lado, la historia “mínima”, pero a la vez vital que sostiene esos grandes aparatos judiciales, mientras sus personajes tratan de hallar entre los resquicios de esos procedimientos un espacio para enunciarse.

Retamoza fue sumariante de una comisaría y muchas de sus historias provienen directamente de su experiencia, al tratar de señalar entre las “teclas frías”, que su trabajo como sumariante le exigía, la sensibilidad humana detrás de esas tragedias cotidianas. El escritor lo señala así:

En nuestra misión de sumariante obramos a la manera de una estación intemedia por la que pasan diriamente los vagones humanos cargados de problemas. Aunque a veces los desviamos a una vía muerta en donde los descargamos y otras veces siguen hasta un punto final donde la Justicia resuelve… (Retamoza, 1996: 13)

En la técnica que el escritor ofrece para no “desviar la mirada”, en esa especie de “genocidio” simbólico y real que genera la pobreza cede ,al menos en el acto figurativo de su narración la voz hacia el “desclasado”, a través de los diálogos de sus personajes o sus presentaciones y correspondencia en las oficinas de la Comisaría. Para ello utiliza la jerga policial incorporando directamente las notas que supo tomar de los damnificados que sentaban, en los respectivos expedientes, sus reclamos.
En “Las Teclas Heladas” trata la violencia doméstica citando el caso de Mercedes Aguirre y Carlos Puebla, la mujer acude a la jefatura para denunciar el maltrato de su marido, pero la institución le provee además un vehículo para poder contar su historia:

-¿Mi profesión? Quehaceres del hogar. Me hubiera gustado ser maestra, pero mis padres no pudieron darme una buena educación. Trabajo todo el día…, rinde poco, pierdo mucho tiempo buscando leña seca para prender el fuego, además el lavado es lerdo y me deja dolorida la espalda (…)Los primeros meses de casada vivía con Carlos una felicidad de “pan y cebolla”, pero nada dura. Mi marido trabaja en changas. Ahora, todo lo gasta en vino para él y sus amigos. (Retamoza, 1996, 13)

En este  relato el escritor/oficial se encuentra perplejo ante la situación, pero depone sus observaciones para  “ceder”  nuevamente el discurso a la mujer:

¡Maldita bebida! Estoy cansada de esta cruz. Desde hace unos meses me manda a dormir a la cocina. Pensé que sería una solución, ya no soportaría su olor a vino espantoso; pero eso fue en noviembre y estamos en mayo y los huesos ya no los siento de frío (…) Anoche, antes de irme a dormir con mi hijo, sabiendo de su tos rebelde y de las velas que le salen de la nariz, le pedi a Carlos que me diera una de las colchas que nos regalara mamá cuando nos casamos. La respuesta fue una paliza: “Andá a dormir al críon, yegua”, me dijo. Después mire mi cara (14)

A primera vista el relato ofrece dos perspectivas sobre la noción de “justicia”, aquella sustentada en fórmulas, cláusulas y derechos que da a la ciudadanía y la cuestión moral que subyace al relato de Mercedes.
El cuadro se complejiza cuando asume la voz el victimario, caratulado de este modo: Carlos Puebla, argentino, casado, nacido en Tulumba (…) Cuerpo mediano, cabello negro, cejas finas, arqueadas(…)Observaciones: no se registran antecedentes penales, sólo tres entradas por Art.13 del Código de Faltas (ebriedad) (15).

Detrás de las formalidades del lenguaje y sus procedimientos, el testimonio del hombre se distancia sustancialmente de aquella descripción casi lombrosiana del oficial:

-Empecé a tomar por no decirle no a mis amigos, después para olvidar mi pobreza, para abrigarme porque siempre tuve esta remera, ya es parte de mi piel. El vino me daba ánimo, ¿sabe? (…) en la fábrica de ladrillos trabajé diez años (…) No sé que hacer, no sé qué me pasa, mi pobreza me aplasta (Retamoza, 1996: 16)

Este cuento pone en conflicto las distancias culturales entre la moral “civilizada” y la “moral consuetudinaria” de las clases populares, presenta primero el testimonio que en el lector/juez evoca toda una serie de “sensibilidades” asociadas a la conformación del sistema penal moderno.
El narrador-policía trata de adentrarse en la profundidad de las causas del delito, más alla de lo visible en las apariencias y aún en los hechos consumados, ello le provoca un dilema que resuelve “facilitando las cosas” para que el hombre no entre en prisión, apartando la Ley del complejo conflicto de una “familia tan sufrida” como aquella. Sin embargo, el desenlace menciona que el hombre reincide en la comisaría luego de que la mujer quede internada por sus golpes.  
A veces, el derecho penal moderno se confronta con formas pretéritas de castigo moral, de modo gracioso, tal como sucede en el cuento “El Gatito Dormido” donde un hombre acusado de violación padece las primeras sanciones de parte de un suboficial “poco avezado” en material intelectual y con prácticas de castigo poco ortodoxas:

 El subcomisario, Nicasio Oliendo, de escasa instrucción, pero con ciertas ínfulas intelectuales, una vez recibida de boca de la madre de la víctima la denuncia, le pareció mejor solucionar el problema a su manera (…) Capturado el culpable, lo tuvo de plantón sobre el cajón unas tres horas. El castigo consistía en tener parado al detenido sobre un cajón, con la prohibición de moverse y si lo hacía o se caía, recibía una tunda de rebencazos (36)

La madre de la presunta daminificada, en cuestión, acude a la policía porque su hija acusa al comerciante italiano de tocarle el “gatito dormido”, frase que ella asume como prueba de la violación que no puede constatarse ante la falta de pedido de peritaje inicial de los oficiales, pero que parece ser producto de un error entre el doble sentido del término y el poco dominio del idioma español por parte del acusado:

 En primer término habló “in voce” la parte acusadora, la madre. Con lenguaje sencillo y claro, por momentos emotivo, llegó a hacerle anudar la garganta al magistrado (…)- En la triste mirada de la nename di cuenta que algo malo había pasado y no tarde en saber toda la verdad por confesión de mi hijita que es tan buena y no merecía lo que le pasó (…)-Señor, ¿cómo cree que me voy a conformar con una bolsa de caramelos que yo también los puede hacer?, ¿cómo me voy a dar por contenta con sólo cuarenta centavos de recompensa?, ¿ es que podemos permitir que los intalianos vengan aquí y nos monten a todos?...
(Ante lo cual responde el acusado) -es que io no l’ho violata, io li ho baciato il gattito dormito, por la Madona benedetta, io non dianro, sono un povero lavorattore… (Ibidem, 37- 38)

 Sin embargo, la mujer acude a la comisaría buscando un pago compensatorio para ella (de “por los menos docientos pesos”) y no la pena del sujeto, una práctica que es común para resarcir una ofensa grave o una deshonra según un código vecinal paralelo al de la ley moderna. Estos textos ponen de manifiesto el carácter que el Código Penal adquiría en la práctica para las clases populares, el “vulgo”, de acuerdo a sus cosmovisiones y a la moral consuetudinaria por la que se regían al interior de sus comunidades:

Por mucho tiempo se creyó que la propiedad se definía solo por el aspecto legal. Thompson esclarece, con todo, que la costumbre siempre tuvo una dimensión sociológica reconocida, expresada en una frase ordinaria en las normas legales y sentencias judiciales del periodo: “de acuerdo con la costumbre”. Se trata, por lo tanto, de un “conjunto de prácticas establecidas y experiencias colectivas compartidas” que moldeaba el equilibrio de las relaciones sociales, pues la costumbre antecedía a la ley y determinaba tanto su forma cuanto su contenido final (Thompson, 2000: 47)

El subcomisario, que oficia de juez, acepta el pedido de la madre e interviene para sellar burocráticamene el pacto de palabra haciendo constar mediante recibo el pago de la dedua, después de que se muestre su proximidad con el entorno social de ambas partes, según el lenguje que usa en el relato para amedrentar al italiano:
-Gringo,arreglá las cosas aquí porque si pasa a segunda instancia, te van a meter por la cabeza como diez años de prisión y no sé todavía si no vai a parar a Usuhahia, mirá que este delito no es axcarcelable (Retamoza, 38)

Después de lamentarse arduamente y con insultos en “cocoliche”, el hombre asume el pago a la “víctima” y el soborno al oficial, con resignación.
En los relatos, el policía y el escritor se hacen uno en la persona del autor, ambas profesiones se postulan como  representantes de la cultura letrada, la institución y apelan a códigos que tradicionalmente se encuentran distantes de los problemas y las formas que las clases populares enfrentan a diario y con las que se expresan. Pero aunque en la ciencia penitenciaria se hace uso de símbolos, signos, declaraciones y dispositivos retóricos empleados por la clase dominante, no sólo debía ser vista como un signo de dominación para Thompson sino que era de interés de toda la comunidad, sobre todo para las clases populares que adherían al régimen legal sus propias tradiciones y costumbres y veían en dichas leyes una posibilidad de participación social, de intervención personal, que la cosificación del sistema capitalista terminó suprimiendo.  Parece ser esta concepción antigua del sistema penal la que el autor (policía, historiador) representa en sus cuentos.

 Sin embargo, en algunos segmentos ambas figuras se bifurcan y el escritor se da a la teoría de recoger la profundidad del retrato social más allá de los modismos de su oficio policial.
En “Carta al jefe de la policía”, un tal “Carlos Alberto Olmedo” acude a él, para expresarle su desconsuelo:

De mi mayor consideración: pongo en su superior conocimiento, que un tal Garcés Roa con domicilio en Oncativo 1733 de esta ciudad dispone la llave particular de mi domicilio entrando en él con toda libertad y en mi ausencia de respeto y guarda de la honorabilidad del mismo y de mis hijos…Dado que en el mismo vive mi esposa, no haciéndome creer que dicho señor entra con fines sanos en mi domicilio…como así atestiguan todos los vecinos y ha sido comprobado por otras personas que han estado observando el detalle (Ibidem, 10)

El acusante utiliza un lenguaje muy formal, casi afectado, para dar claridad a su historia y ser interpretado por el representante de la institución penal, mientras que el narrador/policía, por el contrario, apela al trasfondo sensible de la situación y en vez de darle una respuesta legal a su problema trata de insertarse en su problemática como si a nivel metaliterario el autor tratara de dialogar con su personaje:

La presente es una carta que fulano de tal le dirige al jefe de policía por algunos problemas que él tiene en su hogar. Su hogar se desmorona y sus esfuerzos son vanos. Sus brazos no sostienen lo que hizo con tanto amor. Aún quiere… y se esconde tras del amor hasta perder su dignidad. No interesa quién es su esposa y quién el amante de ella, lo importante es que ñel ha dejado de ser hombre y mendiga una protección que nadie le puede dar. No importa su ayer ni los pasos que dio; preocupa su hoy cargado de dolor. (9)

En todas las historias, se percibe –tal como Thompson lo define- que el sistema penal, lejos de ser percibido sólo como una práctica de dominación y control social, es a veces considerado un  símbolo de cohesión social, de pertenencia y correspondencia con valores y pautas morales que todas las clases reconocen como propias, aunque no siempre se condice en las formas del castigo y la consideración de los delitos.
 En el texto “El delito del anonimato”, Thompson sugiere que la carta anónima es una forma común de protesta social en todas las sociedades que han superado cierto umbral de alfabetización y en la que las formas de la defensa colectiva han sido débiles al exponer a los participantes a las fuerzas de la represión (V. Thompson, 1989:194).
Las cartas anónimas eran utilizadas en la sociedad inglesa del XVIII, por ejemplo, tanto como un modo de reparación personal como por medio de la extorsión  (aunque en este caso, no pertenecen a una determinada fase de desarrollo social) y en ese caso el anonimato era sólo una forma de esconder las marcas de subordinación del vulgo para exortar justicia a las autoridades con la misma presión de los poderosos[3].
En el ejemplo citado, la carta es el vehículo de presentación del pobre para pedir contención social de manera personal a un agente de la ley y reparar, así, un agravio moral que excede en este caso los términos de la justicia moderna, de involucrarse en la cultura como un “todo” incorporando su discurso en la legitimidad del discurso penal. Según Garland:

Las políticas y los discursos penales, por cotidianos o útiles que parezcan,
tienden al mismo tiempo a cobrar significación para relacionarse con
la cultura como un todo. Sin duda la información disponible acerca de la
formulación de la política penal y la administración de los regímenes institucionales sugiere enérgicamente que los funcionarios penales son conscientes de esta resonancia simbólica y se preocupan por controlar la manera
en que se interpretarán sus políticas. (Garland, 1999:  299)

Víctimas y victimarios piden ser también reconocidos por esas actas, figurar en los registros, difundir sus historias. Thompson entendía que “El sistema jurídico ofrecía efectivamente una protección para el hombre común. El pobre hasta podía sentirse poco protegido ante la ley; sin embargo aquél fue el gran siglo de los teóricos, los abogados y los jueces constitucionales porque en realidad el sistema de jueces ofrecía cierta protección  para el pobre hombre común”  (Citado por Duarte, 2013: 407).
En el cuento “Prudencio F. Acosta” la trama de la narración también se centra en la confrontación entre el comisario y el acusado a través de la correspondencia, usando el “argot” policial para validar ambas posiciones. En la primera carta, la víctima asume todos los códigos y rituales formales de la escritura para validar su inocencia ante  el cargo que se le imputa, privación ilegítima de la libertad contra su esposa, Dora Adela Muso de Acosta:

El día 3/2/62 solicité en la seccional Octava, la captura del menor Jorge V. Acosta, hijo del suscripto, por fuga del hogar de acuerdo al Art. 276 del Código Civil. Salvada las diligencias de su detención me fue entregado el día 5/6/62 el excelentísimo comisarió Roberto Figueroa se negó a decirme quienes fueron los retenedores del menor, en abierta violación del Código Civil e incurso de los delitos de encubrimiento y falso testimonio Art. 277 y 275 del C.Penal respectivamente (Retamoza, 1996: 29)

Tal como lo veíamos en el caso del cuarteto, el acusado se asume en el rol de “víctima” reclamando las fallas del sistema que lo condena (especialmente al comisario Roberto Figueroa), pero a través de un registro y unos modismos propios de un lenguaje afectado llevado al paroxismo.  Desde las primeras líneas de la carta, el imputado asume un vocabulario, tecnicismos y conocimientos sobre el Código Penal que no son los usuales para un damnificado y que llegan al absurdo en varios tramos del relato, rozando el registro del humor como vemos en estos párrafos:

Durante el tiempo de mi detención, permanecí casi incomunicado y en la lectura de las declaraciones de descargo, pude comprobar la omisión calculada de un hecho que por sí solo, probaba fehacientemente la falsedad del delito que la mujer, Dora Adela Muso de Acosta, mi cónyuge denunciaba y Roberto Figueroa encubría.  SÍ, hasta el dinero que me incautaron en el momento de mi detención lo dispuso a su arbitrio el Comisario Roberto Figueroa. (Ibidem, 30)
No fue el mejor caso sumariado por “lesiones leves” el día 13/2/63 felizmente sobreseído y otros casos más por falso testimonio consumado por Roberto Figueroa en mi contra, que estoy pronto a declarar en cualquier momento (Ibidem, 30)

Por último el 27 del corriente fui citado a la seccional 8ª. Por denuncia en mi contra de Dora Adelapor deterioros producidos en mi propia casa y con mis propias manos. Luego de la exposición registrada aparece como víctima de una crueldad mental que me adjudica y en el descargo que sigue el Oficial Ayudante Roque Frías omite premeditadamente mi acusación contra Dora Adela y Jorge V, en el caso de agresión de palabra y de hecho en contra de María Elena Garcia de Acosta, madre del suscritpo, abuela paterna de Jorge V. y suegra de Adela Dora de 74 años de edad.  (Ibidem, 31)

Se trata de una lucha por el poder, asumiendo los códigos de la lengua institucional que sirve para controlar y educar a “las masas” mediante un conjunto de signos y símbolos, los cuales no se consideran tradicionalmente accesibles para ellas:

Los signos y símbolos penales son parte de un discurso autoritario e institucional
que pretende organizar nuestra comprensión política y moral y educar nuestros sentimientos y sensibilidad; proporcionan un conjunto continuo y recurrente de instrucciones respecto a cómo debemos pensar acerca del bien y el mal, de lo normal y lo patológico, de lo legítimo e ilegítimo, del orden y el desorden  (Garland, 199:294).

Volviendo al relato, se produce una disputa resuelta en términos escritos, entre la víctima y el victimario (con roles alternados según la posición de uno y otro) y una batalla en el campo de los signos, espacio privilegiado, donde la “cultura letrada” tradicionalmente erige sus “celosos” portones de acceso y efectos de legitimadad institucional.
 La contrarrespuesta del representante de la ley, el comisario, por momentos llega a ser tan absurda como la del imputado, recuperando procedimientos (como la scopometría[4]) y nociones del paradigma penal fundamentados en la herencia del  positivismo científico a comienzos del XX[5]:

LO ACTUADO: Con fecha 6 del actual, siendo las 19 horas, se hace presente chapa 841, Antonio Ruiz, dando cuenta del siguiente procedimiento: en circunstancias en que diligenciaba en su carácter de correo de ésta, una situación judicial a nombre del mencionado Prudencio F Acosta se apersonó al domicilio de ese y en tal circnstancia, una señora que resultó ser esposa del mismo le hizo conocer que el nombrado Acosta, su esposo, la tenía recluida en su domicilio bajo llave y le negaba la salida a la calle. Por ello, pidió explicaciones al nombrado Acosta y éste le respondió que era dueño de tener encerrado a quien quisiera-al perro y asu esposa si quería- y que él mandaba en su casa. En consecuencia, luego de breve diálogo, logró que Acosta dejase salir a su cónyuge y citó al mismo a esta dependencia, como así también a la víctima. Que practicadas las averiguaciones de rigor, estableció como testigos a Luis Lucero y Fernando Ariza quienes corroboraron los términos de la víctima. Luego labró acta de inspección ocular y solicitó los servicios de Scoopometría para establecer el grado de encierro  o privación de la libertad que fuera objeto la víctima. Se hace constar que el imputado fue puesto en libertad por así haberlo ordenado el fiscal interviniente. Roberto Figueroa, comisario. (Ibidem, 33-34)

Podemos insertar el estilo del autor en toda la tradición que en Córdoba tuvieron los escritos dedicados a difundir casos de resonancia policial, a medio camino entre las formas de los llamados  “impresos populares”, destinados a expresar la mentalidad o la “visión del mundo” de los lectores populares, y otras crónicas de esta misma especie que  podrían denominarse “ilegalismos cotidianos” y emergieron en Córdoba sustentadas en una axiología basada en ideas expuestas y divulgadas por el discurso criminológico del siglo XIX y principios del XX.
En base a construcciones criminológicas respecto de los “estigmas” psíquicos, sociales y morales del “delincuente” y entrelazadas con las problemáticas sociales de la época y sus intentos de resolución los “ilegalismos cotidianos” presentaban rasgos comunes de estilo y presuposiciones técnicas del delito : Escritas en estilo costumbrista, en su discursividad se observa la asignación de una serie de atributos negativos a los sectores populares que son análogos a los esgrimidos por la criminología positivista para definir el concepto de “mala vida” (delito natural) (Brunetti, 2007: 122)
En los textos de Retamoza se presentan ambos modelos, la herencia de los “impresos populares” (del cual es exponente por excelencia la escritura de otro narrador-policía, el célebre Fray Mocho) y los “ilegalismos cotidianos” que tuvieron un gran éxito en Córdoba. Estas narraciones aparecían en todos los diarios a comienzos del XX (La Libertad, La voz del Interior, Justicia)  y portaban un estilo similar se trataba de “historias mínimas” que para Brunetti no ocupaban la primera plana en policiales como grandes accidentes o catástrofes sino que “se trataba, mas bien, de riñas, peleas vecinales, “bochinches”, “batuques”, volencia callejera,  en fin “torpes y vulgares conductas, que a juicio de los diarios, mostraban a los sectores populares en sus interacciones en el intragrupo” (Ibidem,127)

En el relato anterior, lo que se confronta es el concepto de “mala vida” o “delito natural” en la figura del acusado capaz de acceder a la “cultura letrada” en el registro directo, oponer resistencia a tal concepción utilizando el vocabulario propio del discurso policial:

La criminología puede leerse como un ingente esfuerzo por alcanzar un cambio en el paradigma de la penalización, para imponer la idea de temibilidad, esto es, de la peligrosidad de ciertos individuos para la sociedad (…) En este planteo, la criminología observó a los sectores populares como sospechosos de poseer un germen criminal; esto queda expuesto ya sea en la teoría o en la casuística al recoger, en los antecedentes de personas que habían cometido un delito, una serie de conductas que se reputaban como “patológicas”. En esta línea la ausencia de educación, el alcoholismo, la ira, el exceso en la expresión del amor o del odio, la falta de trabajo o el trabajo ocasional y aún el hecho de ser criollo eran señales insanía (Ibidem, 125-126)

En los ejemplos de “ilegalismos cotidianos” seleccionados por la investigadora, siempre destacaba la figura de un narrador/autor marcando las causas y consecuencias de esos pequeños “cuadros sociales”, con naturaleza pedagógica, descriptiva y moral, pero ajena a una comprensión de los trasfondos de tales problemáticas para las clases populares (recordemos, mayormente, “criminalizadas” por esas apreciaciones legales).
En los cuentos de Retamoza, la descripción del cuadro social,  se complejiza cuando la voz narradora de cada relato supera ese planteo “maniquiesta” y “cientificista” para indagar en la profundidad de los personajes esbozados:

El segundo motivo de selección se debe a la característica del denunciado. Un ebrio consuetudianrio al borde del abismo: sin embargo, la sociedad, esta vez representada por este pobre vecindario inculto, trata de darle la mano para ayudarlo a vivir. Pero él se hunde en la ciénaga del alcohol sin voluntad de salir de su encierro de candado y cadena… (Retamoza, 1996:53)

En algunos de los relatos, se produce una escritura “paralela”, con la hoja dividida al medio, y el autor describe lo que sucede “para el afuera” en los personajes y lo que sucede “internamente” para ellos usando el monólogo interior o la descripción de un narrador omnisciente focalizada en el pensamiento de sus personajes. En el  “El Hombre de adentro-El Hombre de Afuera” describe en paralelo la escena exterior y los pensamientos de un asalariado con problemas económicos que pierde su trabajo a la vez que se degrada moralmente y surgen en él “instintos criminales”: 

Medio dormido se desayunó. Un sueño que lo aletargaba venía persiguiéndolo desde un tiempo a esta parte. Debilidad, trajin, debilidad, esfuerzos, debilidad, problemas económicos y esa debilidad que lo mantenía como ahora estaba (97)
Este hombre fue uno de los últimos es descender. El sueño lo detuvo unos instantes más y sintió que alguien lo chistaba. (98)
Su mujer lloró amargamente…, él también. No podía ser que estuviera así. La mujer le trajo una aspirina…La tomó. Ella tragó otra. Los minutos pasaron lentos, tensos. (104)
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El sueño lo tenía aprisionado en la pared de treinta, adentro del revoque, moviéndose con cierta comodidad, como si fuera una hormiga; pero como ésta había perdido el hormigueo porque el revoque reciente acababa de cubrir la entrada (97)
Se miró los brazos, y no eran patas delanteras ni en la boca tenía tenazas. Sólo un sabor amargo a realidad del trabajo, a salario insatisfactorio, a cansancio muscular y ese despertar en viejo con hijos pequeños, con incapacidad para mantener a su mujer y a los suyos (98)
El gato se había dado cuenta (…) Las uñas de las patas traseras rasguñaron violentamente las manos que estaban asidas al cuello. El hombre por dentro tenía una mirada fija y lejana, su inconsciente estaba hermanado con los instintos criminales (98)


La técnica le permite retratar lo que la sociedad es “para los demás” para el sistema que nos reconoce por las huellas que dejamos a través de los sumarios policiales, los ingresos que ganamos, lo que gastamos y pagamos, nuestros documentos de identidad, nuestras respuestas en los censos y lo que somos “por dentro” hasta donde es posible sondear los resquicios de libertad de un poder cuasi omnipotente, como lo hace también en el cuento “Martín Váldez” en el que un humilde joven parapléjico imagina un escenario final para su muerte.“Marginal” es también aquél sujeto que padece del hambre hasta el trauma corporal y esto le imprime a nivel descriptivo una serie de rasgos comunes. Según Masseyeff: “A la larga el estado de inanición provoca trastornos fisiológicos importantes: paralización del crecimiento en el sujeto joven. Adelgazamiento, extenuación y al cabo, muerte” (Masseyef, 1960: 7). Para el autor:

A nivel psicológico, el hambre genera los siguientes síntomas. El niño mal nutrido (y esto es particularmente cierto para la hiponutrición proteica) se vuelve apático, indiferente, triste, gruñón. Grita por cualquier cosa de una manera monótona, sin llorar verdaderamente. El síntoma más importante es la lentitud, hasta la paralización del crecimiento ponderal” (MASSEYEF, 1960: 31).

Considerar este enfoque crítico es de vital importancia para analizar la “estética” de la
pobreza. La representación de los pobres como seres deformados por los padecimientos diarios en una representación horripilante del mundo de los suburbios cordobeses es visible en varios de los libros que abordamos en el corpus y que tratan la pobreza desde su ángulo más sociológico, como un padecimiento propio de las sociedad modernas sin solución actual, es una especie de retorno al “malthusianiasmo” teórico como señala González.
 En “El Viejo y las Ratas”, la miseria en la decadencia progresiva de un hombre a causa de su pobreza es reflejada con la cruda metáfora de un hombre lentamente consumido por las ratas, tal como el resto de su familia:

El abuelo fue secándose de a poco antes de morir. Tarde se dio cuenta que sus amigas no respetaban enfermedad ni incapacidad. Ya en vida comenzaron a devorarlo, no se espantaba tanto por los mordiscos, aunque sí por los ojos fijos y pequeños de los animalitos, otrora queridos. El final fue el que se podía esperar de tal insólita amistad por que el final no vino cuando el anciano dejó de resistir ni cuando dejó de latir el corazón. Las ratas continuaron su ataque, comieron todo lo que encontraro y hasta las células que no querían morir. La muerte fue total y hereditaria. Hoy las ratas continúan la obra devastadora en los hijos que, recién se sabe, tuvo el pobre viejo. En la fecha ha muerto el segundo de ellos. Lo encontraron medio comido por las ratas, y ya ha sido mordido otro mñas mientras dormía. Dicen que quedan otros dos hijos y que los nietos del viejo serían cinco. No hay más descendencia (Retamoza, 1996: 78)

Bibliografía:
Brunetti, Paulina (2007) “La Mala Vida. Prensa, delito y criminología positivista a fines del siglo XIX y comienzos del XX” en Marginalidades, Publicación del CIFFYH. Universidad Nacional de Córdoba, año V, número 4, marzo de 2007.
Duarte, Luis. “¿Qué hacer con E.P Thompson?” en Rey Desnudo, Revista de Libros. Jornadas Interdisciplinarias, 27 y 28 de Junio de 2013, año II, nº 3, Universidad Nacional de Quilmes. Publicación online disponible en http://reydesnudo.com.ar/rey-desnudo/article/viewFile/122/120
Garland, David. (1999). Castigo y Sociedad Moderna. Un estudio de la teoría Social. Siglo XXI Editores. Bs. As.
Masseyef, René (1960) El hambre. Ed. Eudeba (Editorial Universitaria de Buenos
Aires). Argentina. Bs. As.
Retamoza, Víctor.1996.  Chanfles en acción. Ediciones del Fundador. Córdoba.
Thompson. Edward. 1989. “El delito del anonimato”  en Tradición, revuelta y Conciencia de Clase. Barcelona Crítica.
Thompson, Dorothy. 200º.  E. P. Thompson: obra esencial,  Barcelona, Crítica,



[1] Publicado inicialmente en 1968 y reeditado en 1996 por Ediciones El Fundador
[2] Retamoza fue parte del grupo de “Escritores de la Cañada” (junto con Marcos Bienvenido, César Altamirano, Carlos Gili, Juan Coletti y Maximiliano Mariotti).
[3] La carta anónima fue para Thompson la forma más primitiva de la protesta social en una sociedad industrial en la que la victimización era constante y directamente proporcional a la protección que la comunidad podía ofrecer contra “la venganza de los más influyentes” (Thompson, 1989:194)
[4] Su nombre deriva del griego skopein que significa "observar", y metrón, que significa "medida", pudiendo traducirse como “medida de la observación” u “observación de la medida”, aunque también puede apreciarse simplemente por su significado literal “observar-medir”. Algunos autores proponen la idea de que la palabra fue inspirada en Sherlock Holmes, más precisamente en “Estudio en escarlata”, donde el personaje investiga una escritura utilizando un cristal con aumento y un elemento de medición, observando y midiendo el documento. Aunque esto suene a fábula y no existan documentos que afirmen este hecho, no se puede negar que muchos términos de la criminalística se inspiraron en novelas policiales
[5]