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domingo, 8 de septiembre de 2013

¿Quién es el marginal? Aportes de la sociología, la antropología, el derecho, la psicología y la medicina

Título de la Ponencia: ¿Quién es el marginal? Un abordaje interdisciplinario
Mariana Celeste Valle
Eje Temático: Cultura, Arte y Comunicación
Becaria CONICET-Córdoba. Profesora Adscripta, CIFFyH
Mail: mariana_valle17@hotmail.com
Publicado ISBN: 978-950-33-0909-4

La familia de Juanito Laguna. Antonio Berni (1960)



Resumen:

Este trabajo se incluye como parte de un objeto mayor de investigación que indaga las
características de los escritores de la marginalidad en Córdoba en el período
comprendido entre 1980-2010.
En nuestro análisis, nos proponemos definir el término “marginal” desde un enfoque
interdisciplinario que incluye los aportes de la Sociología, la Medicina y la
Antropología. Lo “marginal” es siempre una “otredad”, pero caracterizada de diversos
modos, según las aproximaciones teóricas que, en su búsqueda de una definición,
afectan directamente nuestro abordaje del corpus desde la crítica literaria.

***

Este trabajo se incluye como parte de un objeto mayor de investigación que indaga las
características de los escritores de la marginalidad en Córdoba en el período
comprendido entre 1980-2010.
Posicionarnos ante este desafío, ameritaba previamente responder a un gran
interrogante: ¿quién es el marginal?
Creemos que una mirada interdisciplinaria sobre un conglomerado de consideraciones
críticas, desde distintos enfoques teóricos, en torno al fenómeno es la opción más acorde
para responder a esta pregunta.
Cuando hablamos de marginalidad, nos enfrentamos, en primer lugar, al abordaje
sociológico de la cuestión. Según Luis Heredia se entiende por “marginal” a:
“las comunidades y los sujetos pobres –pobres estructurales- que viven situaciones
francamente carenciadas, permanentemente enfrentadas a un mundo altamente hostil,
que han elaborado estrategias adaptativas no convencionales de subsistencia en nichos
ecológicos urbanos y rurales pobres” (HEREDIA, 1996: 33).
Para Rodrigo Parra es necesario distinguir entre la categoría de “pobre” “que implica
una situación de escasos ingresos y la de “marginal”, definida estructuralmente por la
1
ausencia de un rol económico articulado con el sistema de producción industrial” ( ver
PARRA, 1972: 221-225).
Sin embargo, para George Simmel, citado por Forastelli, la pobreza amerita un marco
interdisciplinario de análisis en la que el sujeto “pobre” pueda ser analizado como
unidad dependiente e inserta dentro de la cultura, la sociedad y la economía en general
y dentro del espectro complejo de las relaciones sociales:
“Simmel funda una Sociología de la Pobreza que complejiza los abordajes
cuantitativos y esencialistas, que analizan la pobreza como una esfera independiente de
los procesos de socialización y acumulación del capitalismo, y por lo tanto tienden a
naturalizarla por sus efectos sociales. Esta perspectiva ofreció un terreno que nos
confronta, en términos sociológicos, con el entendimiento de la pobreza como práctica
integrada, como marginalidad y como modo de descalificación social” (FORASTELLI,
2007: s/d)”.
Es decir que, según el autor, la pobreza es, en primer término, una categoría que
conlleva la marginación social (y no una categoría diferente a ésta, como sostenía Parra)
y que debe ser entendida dentro del comportamiento complejo de una sociedad
determinada.
Por otro lado, también podemos explicar la condición de “marginal” dentro la categoría
de la “subalternidad”. Guha aborda la definición de "subalterno" como "de rango
inferior": sintagma que, en su sintética composición, es una excelente muestra de la
configuración textual de la desigualdad. Resta, entonces, delimitar en su planteo el
término opuesto dentro de esta relación binaria, lo "superior" , como contraposición que
exhibe la condición de posibilidad de lo subalterno en tanto sólo definible con respecto
a un otro (ver ALABARCES y AÑÓN, 2008: 285).
Hablar del “marginal” en su acepción sociológica nos enfrenta obligadamente a revisar
la posición marxista frente a la temática. Podemos, según el análisis que venimos
desarrollando, sostener que lo marginal es lo “subalterno” dentro de un estadio
determinado en una sociedad capitalista atravesada por la distribución desigual de la
riqueza. Entonces, podemos hablar de “marginal”, como un sujeto proletario “de rango
inferior” al burgués o, incluso, a la clase media, que lo descalifica por su labor manual
asociada a la clase popular (término sobre el cual volveremos más adelante). De este
modo, lo hace La Mona Jiménez en la canción “El Marginal” en la cual vincula el
término a configuración de un peón (albañil) o, en otras ocasiones, “changador”,
excluido del circuito de la enseñanza oficial y provisto de los “saberes de la calle”:
2
“Si, mi viejo era muy pobre /y no tenía pa´ darme de comer, / Dejé segundo grado
y tuve que salir a trabajar /Sí, a veces yo hago changas /Y otras soy peón de albañil,/
Pues no me dan trabajo/si no soy perito mercantil/ La sociedad dice que soy un
marginado más,/ la misma que me usa, para poder escalar” (JÍMENEZ, 1995).
En la novela de Carlos Pressman, Ni vivo ni muerto, el protagonista conforma un
partido político y busca adhesiones populares en el barrio apelando a un supuesto recital
de la Mona Jiménez. Allí, habla frente a los presentes, y dice representar a los
marginales por ser huérfano, hijo de inmigrantes (madre polaca, padre sudafricano), por
su raza negra e incluso (aunque no lo menciona en ese momento), por su condición de
homosexual. Es decir, afirma su marginalidad no precisamente por una condición
económica sino por su cualidad de “subalterno” frente a la sociedad en la que se
inscribe.
Sin embargo, podemos considerar también al “marginal” asociado al “lumpen”,
palabra que deriva del alemán y que significa “, harapiento, peligroso, andrajoso,
improductivo” (GONZÁLEZ, 1995:287). Para Marx, el lumpen era un “subproletario”
aislado del circuito oficial de la economía y sin conciencia de clase. Según Horacio
González, a Marx y Engels les corresponde una postura adversa frente a estos sujetos.
En el 18 Brumario se hace contrastar la idea de una sociedad bandolera, desencajada,
fingidora, paródica, cómico-payasesca con otra, una sociedad basada en la virtualidad
crítica del trabajo (Ver GONZÁLEZ, 1995: 290). El “lumpen” es un personaje paródico
y grotesco en la representación de José Playó en Peinate que viene gente vol. II.
La visión sociológica amerita además incorporar a nuestro objeto de estudio el
análisis de los sujetos excluidos del sistema social, no sólo en su condición de “pobres”
sino también por sus transgresiones constantes al esquema penal. También forman parte
de este grupo los trabajadores de la “mala vida”: cafishios, prostitutas, ladrones.
Podemos encarar la categoría de “marginal” asociada, entonces, a una “subcultura
delictiva”. Para Míguez:
“Las teorías subculturales nos indican que las condiciones sociales diferenciales que
produce la desigualdad distribución de los recursos en la sociedad promueve la
circulación de sujetos que las padecen por los mismos ámbitos –otra vez: institutos,
cárceles, juzgados, barrios, bailantas, esquinas y plazas- brindándoles la posibilidad
de elaborar conjuntamente sistemas de representaciones y prácticas que terminan
constituyendo una particular variante cultural” (MÍGUEZ, 2008: 238).
3
Lo “marginal” asociado al “hampa” y al “otro” como “peligroso” es motivo de los
policiales: Cuesta Abajo de Fernando Stefanich, que narra la increíble confesión de un
supuesto hijo de Carlos Gardel que involucra al mítico cantante con la historia del
asesinato de un cafishio de una bella prostituta de dieciséis años, y Serial de Carlos
Dámaso Martínez en donde las causas de una misteriosa serie de suicidios terminan
involucrando a un sagaz periodista de noticieros en un mundo de prostitutas y matones.
También así, de la novela autobiográfica Alias Árbol de Horacio Sotelo (colaborador de
La Luciérnaga), que narra el recorrido delictivo y carcelario del autor cordobés “por
adopción”, de Devoto a Caseros y de la unidad 9 de Julio al penal de Olmos.
La segunda línea de análisis importante a considerar es la perspectiva clínica. Si
“marginal” es también aquél sujeto que padece el hambre, esto le imprime a nivel
corporal, una serie de rasgos comunes. Según Masseyeff:
“A la larga el estado de inanición provoca trastornos fisiológicos importantes:
paralización del crecimiento en el sujeto joven. Adelgazamiento, extenuación y al cabo,
muerte” (MASSEYEF, 1960: 7)
Considerar este enfoque crítico es de vital importancia para analizar la “estética” de la
pobreza. La representación de los pobres como seres deformados por los padecimientos
diarios en una representación horripilante del mundo de los suburbios cordobeses es
visible especialmente, en el libro Desarmadero de Hombres de Iván Wielicoselieck.
A nivel psicológico, el hambre genera los siguientes síntomas:
“el niño mal nutrido (y esto es particularmente cierto para la hiponutrición proteica)
se vuelve apático, indiferente, triste, gruñón. Grita por cualquier cosa de una manera
monótona, sin llorar verdaderamente. El síntoma más importante es la lentitud, hasta
la paralización del crecimiento ponderal” (MASSEYEF, 1960: 31).
La lentitud y la inactividad, como rasgo propio del pobre que se acostumbra a convivir
con la adversidad es el tema de “El viejo y las ratas” del libro Chanfles en acción de
Retamoza, una metáfora de la marginalidad connotada a través de un anciano devorado
lentamente por las alimañas que viven en su cuarto.
Según Horacio González, el concepto de pobreza puede ser usado desde tres visiones
ideológicas: la visión sociológica, para la cual la miseria es irremediable y constituye
una categoría propia de la economía en las sociedades modernas; la visión picarescoromántica
para la que el pobre es un sujeto que ha generado con habilidad métodos de
supervivencia, herramientas educativas, y no es caracterizado por la carencia; y, por
4
último, la visión evangélica revolucionaria para la que el pobre es mensajero o profeta
de regeneración social (ver NADAL, 2003:75).
Es decir, existe en torno a la figura del marginal una visión que articula el pesimismo,
otra que destaca las posibilidades alternativas de subsistencia y aquella que deposita en
su representación una salvación religiosa.
Podemos incluir dentro de la primera visión algunas canciones de La Mona Jiménez
como “Abran la Reja” o “El Hijo de Nadie” donde se ofrece una visión marcadamente
pesimista sobre las posibilidades de ascenso social de los marginados, condenados –al
parecer- a una eterna postración dentro de sus carencias fundamentales. En la segunda
visión, podemos ubicar a la novela Un guacho apellidado Paz de José Luis Bigi, que
narra las aventuras de un cartonero y vendedor ambulante involucrado por un azaroso
encuentro con la “alta sociedad” de Córdoba o el libro de cuentos Los habitantes del
abismo de Horacio Sotelo, que comenta los intrincados dilemas a los que se someten
cada día los limpiavidrios cordobeses subsistiendo en penosas condiciones, en donde la
narración, en ambos casos, si bien destaca la carencia de los sujetos, se centra además
en sus posibilidades para establecer tácticas alternativas de subsistencia. En último
lugar, podemos hallar la visión “evangélico revolucionaria” en algunos de los poemas
del Padre Mariani, con motivo de la última dictadura militar como “Mueren en las
calles” o “La Palabra es Historia”. En nuestro análisis, consideramos que la condición
de “música popular” que le cabe al cuarteto, lo hace también una “literatura marginal”
con respecto al resto del corpus. Para Grignon y Passeron, el concepto de popularidad se
explica desde la relación dominante-dominado de Marx: a la clase dominante le
corresponde una ideología dominante, mientras que a la clase dominada le corresponde
una ideología dominada; esto significa un proceso de correlación entre el poder material
dominante y el poder espiritual dominante (GRIGNON y PASSERON, 1991:22).
Podemos considerar a “marginal”, entonces, como término asociado a “popular” y a
“pueblo”. La posibilidad que brinda el cuarteto de ser consumida por los mismos
sectores humildes a los que se refiere es, a diferencia del resto de los discursos que
tomamos, una consideración que merece ser subrayada en nuestro abordaje crítico.
Para Vidal: “Concentrar la mirada en la problemática social de las poblaciones
marginales equivale a entender el sentido general de toda forma posible de producción
cultural, de su institucionalización y de la identidad del intelectual en una sociedad”
(VIDAL, 1987: 13).
5
Por último, nos encontramos con la perspectiva antropológica. Para Oscar Lewis, quien
publica sus principales investigaciones en el libro Antropología de la pobreza, de 1959,
antes de considerar el problema económico de la marginalidad, es preciso indagar en el
“problema” cultural. Para el autor: “es muchísimo más difícil eliminar la cultura de la
pobreza que la pobreza en sí” (LEWIS y FUENTES 1972: 27). Es decir, hay un efecto
de reciprocidad entre el pobre y su cultura que hace que, en tanto éste haya asimilado
aquélla, sus posibilidades de reinserción social se disminuyan hasta hacerse
prácticamente nulas. De manera que, un contexto carenciado repercute negativamente
en sus pobladores en la adopción de una “cultura de la pobreza” que, a su vez, perpetúa
la condición de “pobres” de aquéllos a la manera de un determinismo fatalista que sólo
encuentra una salida de la mano de políticas de “inserción” que incluirían a los pobres
una vez que éstos se hallan separado de las conductas “negativas” de sus prácticas socio
culturales. El pensamiento del norteamericano cobró especial difusión en Latinoamérica
y suscitó tanto elogios como críticas, éstas últimas, sobre todo, radicaron en su supuesta
posición colonialista ya que recibió apoyo económico de fundaciones como la Ford,
Wenner-Gren o Guggenheim con intereses particulares sobre la explotación de las
poblaciones marginadas de los países del tercer mundo (su investigación en especial se
centra en India, México y Cuba) que mantuvieron contactos con los servicios oficiales
secretos del gobierno de EEUU.
Con el objetivo de la puesta en práctica de programas de ayuda financiera
estadounidense, se dio lugar a los estudios “de campo” de sociólogos y antropólogos,
donde pudo obtenerse un conocimiento "de primera mano" acerca de las estructuras
sociales, particularidades culturales, psicológicas y socioeconómicas de la población de
los países dependientes. Lewis aseveraba que sus investigaciones eran de "gran
importancia para nuestro modo de pensar y nuestra política respecto de los países en
desarrollo"(BARBIERI y CASTRO, 2000: S/D).
Jorge Acevedes Lozano, investigador de la Universidad Nacional Autónoma de México
(UNAM) citado por Barbieri y Castro dice que su libro, inspirado en la investigación de
cinco familias de México," está redactado conforme a una visión seudoperiodística de
la realidad, anecdótica y superficial, que busca exclusivamente el sensacionalismo”
con un afán colonialista para dar “una impresión de que en México la vida de los
pobres es un infierno, y que sería piadoso que alguien lo invadiera (los EEUU) para
sacarlo de esa abyección y de esa mugre" (BARBIERI y CASTRO, 2000: S/D).
6
En nuestro análisis sostenemos, enfrentados a la teoría determinista y negativa de
Lewis, que en la “cultura del marginal” (representada, sobre todo, en los cuartetos) hay,
múltiples estrategias y tácticas de resistencia frente a su condición de “despojados”,
definidas como “la posibilidad de que sectores en posición subalterna desarrollen
acciones que puedan ser interpretadas por el analista o por los actores involucrados,
como destinadas a señalar la relación de dominación o a modificarla” (AAVV, 2008:
33).
Por tal motivo, hemos escogido en nuestro trabajo la teoría del antropológo argentino
Rodolfo Kusch, quien plantea, en su dialéctica, una visión superadora del planteamiento
del autor, que nos permite acercarnos con rigurosidad y profundidad en los significados
y símbolos propios de una clase “marginada”. Para Maturo, a Kusch le importa rastrear
la originariedad de América en el marginal pues constituye “lo vital y preformado de la
sociedad, aquello que ha permanecido al margen de las categorías del progreso, la
institucionalización, la masificación y la apariencia social” (MATURO, 2010: 45).
En conclusión, el marginal es siempre una “otredad”, pero caracterizada de diversos
modos según las aproximaciones teóricas e interdisciplinarias que, en su búsqueda de
una definición, afectan directamente nuestro abordaje del corpus desde la crítica
literaria.

Bibliografía:

AAVV (2008) “Música Popular y Resistencia: Los significados del Rock y de la
Cumbia” en Resistencias y mediaciones: Estudios sobre la cultura popular. Ed. Paidós.
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ALABARCES, Pablo y AÑÓN, Valeria (2008) “¿Popular (es) o subalterno (s)? De la
retórica a la pregunta por el poder” en Resistencias y mediaciones: Estudios sobre la
cultura popular. Ed. Paidós. Bs. As.
BARBIERI, Elena y DE CASTRO, Rosa (2000). “Algunas posturas y polémicas
alrededor de los conceptos de pobreza y cultura de la pobreza” en Problemáticas
antropológicas. Mirtha Taboada (compiladora). Laborde Editor. Buenos Aires. Capítulo
disponible en http://www.vivilibros.com/excesos/02-a-06.htm (consultado el 9/8/11)
BIGI, José Luis (1990): Un guacho apellidado Paz. Alción Editora. Córdoba.
DAMASO MARTINEZ, Carlos (2006). Serial. Ediciones del Copista. Cba.
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criminalización” II Congreso Internacional y VII Nacional de la Asociación Argentina
de Semiótica. Disponible en:
http://www.bdp.org.ar/facultad/publicaciones/semiotica/ponencias_pdf/forastelli_fabrici
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en Cuesta abajo, los nuevos pobres: efectos de la crisis en la sociedad argentina, Ed.
Losada. Bs. As. Pp. 285 a 297.
GRIGNON, Claude y PASSERON, Jean Claude (1989): Lo culto y lo popular,
miserabilismo y populismo en sociología y literatura. Ed. Nueva Visión, Bs. As.
HEREDIA, Luis (1996): La organización local de las prácticas educativas en los
medios desfavorecidos. Dirección General de Publicaciones de la Universidad Nacional
de Córdoba. Centro de Investigaciones de la Facultad de Filosofía y Humanidades,
Córdoba.
JIMENEZ, Carlos (1995) “El Marginal” en El Marginal. BMG. Argentina
____________________ “El Hijo de Nadie” en El Marginal. BMG. Argentina
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Representación en literatura y artes visuales. Págs. 75 a 88. Departamento de
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8
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WIELICOSELIECK, Iván (1997). Desarmadero de hombres. Alfa Ediciones. Argentina

lunes, 2 de septiembre de 2013

Entre la “ciudad letrada” y la “literatura de pobres”: Una propuesta para resignificar el campo literario


 Valle, Mariana Celeste.
Conicet-CIFFYH.

Exposición en las XVIII Jornadas de Literatura, creación y conocimiento desde la cultura popular. Universidad Nacional de Córdoba, 2013. 
"Proyecto Montaña" de Andrés Silva Sle, Desirée Maldonado y Gerardo Oberto.


Entre la “ciudad letrada” y la “literatura de pobres”:
Una propuesta para resignificar el campo literario

Por mucho tiempo, y a causa del concepto de cultura utilizado, la cultura nacional argentina fue concebida como un cúmulo de productos dentro de los cuales se destacaban por sus privilegios y centralidad adjudicada, un reducido conjunto de obras literarias. Por ellos se entendían ciertas expresiones escritas organizadas en torno  ciertas formas europeas (ensayo, novela, poesía teatro) y de entre ella algunas obras ejemplares. A su vez, cultas eran las personas que poseían el capital cultural necesario para serlo, en particular, que sabían escribir de una manera o un estilo determinado. Eran los habitantes de “La ciudad letrada” descripta por Rama que, instalada al centro de la ciudad bastión, de la ciudad-puerto, de la ciudad sede administrativa, regía y conducía la vida de la comunidad.
Dada la primacía del medio escrito y la lejanía de la “civilización” europea que aquejaba a los intelectuales del “método de implante” principalmente - quienes como Sarmiento pretendían acuñar el progeso al modelo de Europa-, la literatura se convirtió en presencia y símbolo de civilización.
Esto, como señala Remedi: “derivó en un proceso mistificatorio que dio como resultado que lo que se consideraba “la cultura nacional” era en realidad sólo la cultura hegemónica oficializada, compuesta primariamente de la producción literaria y, que esta última era a su vez, no todo producto literario sino apenas un reducido conjunto sacralizado y venerado, el canon literario” (Remedi, 1992: 128).
“La literatura”  que  se abordaba en los programas de estudio no incluía todo “lo literario”  y venía a ser una ficción detrás de la cual quedaban fuera del objeto de análisis todas aquellas formas que la desbordaban ampliamente y que pululaban sin césar en la “ciudad real”.
De hecho, mucho más se hallaba registrado, representado en las formas que contravenían las convenciones literarias –tal es el caso de los testimonios, monólogos y confesiones orales, discusiones, gestos, rituales, modas y costumbres que inundan la vida cotidiana, la experiencia urbana –que en las obras literarias que ocupaban a los estudiosos, críticos profesores de literatura.
Posteriormente a la llegada de los violentos regímenes dictatoriales, en Latinoamérica los intelectuales empezaron a preguntarse por esas voces silenciadas por la proscripción, pero también por el anonimato, por la pobreza.
A tono con las nuevas teorías del deconstruccionismo y el surgimiento de los “estudios culturales”, los teóricos creyeron necesario revisar los conceptos forjados en torno al aparato de la escritura-lectura de la “burografía capitalista” –en palabras de Rosa- .
Inquirir sobre las técnicas del escamoteo, el pastiche, el reciclaje del “pop art”, la “estética murguista” que desbordaba a la idea del arte como “museo”: los grafittis, las novelas testimoniales, la “cultura de masas” –música, cine y tv- fagocitando la “cultura oficial” desde sus márgenes.
Entonces surgió la pregunta por el “arte subalterno”   y por la “literatura de pobres” como nunca antes y hasta algunos llegaron a pensar si no sería la literatura sólo un privilegio burgués.
Gradualmente los estudios literarios se alejaron de la noción de "canon" para enfocarse en problemas culturales en que el discurso literario marchaba a la par con la lógica de las ciencias sociales. Esta área todavía es controversial y demanda una sólida preparación literaria y de las ciencias sociales que no muchos quieren emprender.
    En Chile, Hernán Vidal y su grupo enfrentaron este dilema desde un lugar particular que, si bien es heredero en parte de los “estudios culturales” polemiza bastante con algunos postulados de los “subaltern studies” y en concreto con la artificiosidad y barroco de sus retóricas que los alejan de la comprensión de los estudiantes y paradójicamente los ubican en un lugar elitista de la discursividad (lo que Eagleton, por otro lado, le refuta a Spivak).
La intención del grupo fue incorporar a la crítica literaria los aportes de la "antropología simbólica" y el nivel “etnográfico”,  lo que resulta útil para enfocar el análisis desde lugares de confluencias culturales: elementos “emergentes” y “tradicionales” / “letrados” y “populares”/  “globales” y “locales” que  confluyen en zonas de permanente intercambio cultural y “transculturalmente” rodean al cuerpo social llenando sus espacios de múltiples sentidos.
Al concentrarse sobre  la producción simbólica como una especie de epidermis natural de la especie humana que se genera en el espacio cotidiano de todo sistema de hegemonía social,  la dicotomía "producción simbólica canónica/ producción simbólica marginal" pierde sentido. La "historia oficial" y "la voz de quienes no tienen historia" son aristas de la misma conciencia colectiva de una comunidad, de una misma nación o esfera pública que funciona como espacio de simbolización permanente.
Con la eficacia del método, igual podría estudiarse una obra canónica del siglo XIX que un folletín del XX o una performance artística del siglo XXI.

La premisa ya la tenía el marxismo: concentrar los estudios enfocándolos en las intersecciones de la lucha de clases, lo cual  permitiría también abarcar la problemática de los derechos humanos desde una perspectiva etnográfica (microniveles de la experiencia humana), observando  y participando de la experiencia artística  que diversos agentes sociales realizan  en sus comunidades carenciadas.

¿Bastaría ello para abrir las puertas del Canon a las formas de simbolización popular? Ciertamente es un gran paso, pero aún resta hacer el “mea culpa” de que no sólo La Literatura no incluyó jamás  todo “lo literario” (tarea imposible por cierto) sino que tampoco había –hasta hace poco tiempo-un instrumental adecuado para analizar las distintas variantes de las “literaturas de pobres”. 
Más allá de las disquisiciones filosóficas y políticas que pone en relieve el polémico artículo de Spivak “¿Puede hablar el sujeto subalterno?” y su respuesta inusitada de que no,no como tal, nos permite rever la posibilidad de emergencia de las voces “subalternas” en nuestro campo literario.
Si bien el término “littera” (latín) del cual proviene la palabra “literatura”, refiere a su condición de registro escrito, no toda la literatura posee esta cualidad. En la literatura cordobesa, por ejemplo, también vamos a encontrar poesías, mitos y leyendas orales que, posteriormente, fueron publicadas por escrito para su mejor difusión y análisis.
Los primeros portadores de estos últimos (es complejo, ya veremos por qué, aplicar la noción de “autoría” cuando nos referimos a ciertas producciones “marginales” y “orales” del discurso literario) fueron en su mayoría sujetos “subalternos”: campesinos pobres, ciudadanos urbano-marginales,  aborígenes dominados por los efectos de la conquista y “colonización”, con lo cual sería fácil rebatir la idea de Spivack de que en realidad sí, podemos encontrar las voces subalternas en nuestra literatura latinoamericana, pero el tema es más complejo. En realidad, todas estas producciones nos llegan a los lectores a través de una mediación pues, implica la intervención de un sujeto letrado que selecciona, recorta, compila, destaca cierto sentido y hasta censura ese material primario que re-elabora para su publicación.
De hecho, como señala Vidal:
Fuera de formas intermediarias  y transicionales como el testimonio, las formas de la cultura subalterna tienen en general solamente un valor “antropológico” para nosotros; o no tenemos acceso a ellas directamente  o es reificada precisamente por los procesos de comercialización capitalista  o de recuperación de información. Vuelvo a insistir que la universidad y las instituciones culturales como el museo son en sí prácticas culturales productoras de subalternidad: de allí que lo subalterno no puede entrar en ellas sin sufrir una modificación (Vidal, 2006: 33).
¿Y qué hay de cierto en esto de que el sujeto subalterno no sólo pueda hablar en “la literatura” sino incluso “vivir” en ella?
Según Saussare,  la letra se asocia con lo inerte  y una peculiaridad de la escritura es que los sujetos subalternos (de inferior rango social, marginales) cuando acceden a este registro se transforman, empiezan ya a nivel simbólico a ocupar cierto lugar privilegiado [1], por lo cual el acceso a un bien simbólico legitimado como “la literatura” acompaña –siguiendo la ironía de Spivack- la muerte de un sujeto subalterno que pierde esta cualidad al acercarse a este registro.
En nuestro campo literario en Córdoba tenemos dos casos paradigmáticos: el de Horacio Sotelo (ex ladrón, vendedor de “cubanitos”, habitante de Villa La Tela) y Cristina Luz (ex prostituta). Si bien, al menos de Sotelo, no pueda decirse que no fuera un marginal social hasta el último de sus días, tampoco podríamos decir que, al menos, no fuese tan “subalterno”  con respecto a los bienes simbólicos legitimados ya que, no sólo leyó los clásicos y dio cuenta de ello en su prosa y verso sino que, además, se dio el lujo de ser uno de los escritores más vendidos de Córdoba.
Con respecto a estos relatos o “autobiografías bárbaras” (Dominé) sucede algo curioso también analizado por Vidal:
El narrador testimonial no es lo subalterno, como tal tampoco, sino más bien algo como un “intelectual orgánico” del grupo o de la clase subalterna, que habla a (y en contra de) la hegemonía a través de esta metonimia en su nombre (Vidal, 2006: 21)
Por lo tanto, la naturaleza de estos  testimonios está marcada por una serie de aporías: es y no es “voz”; es y no es una forma auténtica  de cultura subalterna; es y no es “documental”.
¿Correspondería dar, a esta altura, por válida la apreciación de Spivak?
Creemos que no, si recuperamos la pluralidad necesaria que define nuestro objeto de estudio. ¿Qué es “la literatura”?  Para Tearry Eagleton, no se puede considerar a “la literatura” como algo que pueda ser descripto objetivamente por sus cualidades intrínsecas (refuta, por ejemplo, que pueda tratarse sólo de 1- obras de “imaginación”; 2- como un lenguaje “diferente del ordinario”; 3- como un discurso “no pragmático”  o 4- como lo “bien escrito”) sino como algo estipulado según los juicios de valor de valor que son históricamente variables y se relacionan estrechamente con las ideologías sociales. Por eso, he aquí que  “La literatura” no incluye todo “lo literario” (V. Eagleton, 1998).
En realidad, “la literatura” como tal es una arbitrariedad al mismo nivel que el significante lo era para Saussure.
Deberíamos pensar, en cambio, en  “Las Literaturas Cordobesas”, porque sólo el término en plural –sostenemos- reproduce la arenga por el acceso a la palabra en el terreno simbólico y en el campo literario. “La Literatura”, la que se reconoce como tal y se aborda en los planes de estudio sólo se refiere a lo que en un contexto espacio-temporal ha sido convenido como tal.  Recordemos que el campo literario es un campo de posibilidades estratégicas y que el acceso mismo a la cualidad de “literatura” ofrece ciertos privilegios que, en su mayoría, tienen que ver con el reconocimiento y legitimación de lo dicho.
Hay muchas literaturas “otras” o “marginales” cuyo acceso al estatuto “literario” es incluso problemático, tal es el caso de algunas canciones de cuarteto, rock, rap o grafitis urbanos,  en nuestra provincia. Llamamos “literaturas marginales” a las literaturas prácticamente excluidas del campo literario por su forma, su poética e incluso su política.
Nuestro presupuesto indica que éstas: a) representan las problemáticas, experiencias y sentidos o significados propios de ese sector, por eso son portavoces de la “cultura del marginal”, b) son objeto de resistencia simbólica para dicho segmento social, c) promueven los “derechos” de este sector y denuncian las injusticias del sistema que los oprime, e) son elegidas como objeto de consumo preferencial por una población marginada, d) sus circuitos son reconocidos también como “marginales” por la clase media o burguesa, e) constituyen una literatura que se percibe distinta para ese público receptor: podríamos decir que “se come”, en un sentido antropológico, porque alimenta, fortalece la subsistencia, calienta: palia el hambre y alivia el dolor, y h) es una literatura con una estética que se puede reconocer como marginal pues apunta a subsistir o sobrevivir dentro de sus códigos marginales, poniendo en tela de juicio incluso el rol de la estética como cualidad ligada sólo al “adorno simbólico”.
Pensar en ellas, nos obliga a reconocer que existen aun cuando sea prácticamente imposible acceder a ellas si no es a través de una mediación, como señalábamos recién. Sin embargo, el desafío de todo investigador será tratar de reconstruir lo más fielmente posible el instante de la recepción y la circulación de estas literaturas aun cuando llegaran a él por medio de tal o cual intervención “letrada”.
Precisamente en el momento “vivo” de la difusión oral está la clave para comprender el sentido que los “gestores culturales” –el pueblo- dan a esas narraciones, actualizando sus sentidos.  Tal vez, distarían mucho de la problemática de fronteras los sentidos que los campesinos daban al Martín Fierro en esas épocas de franco retroceso del tipo “gaucho” en la Argentina.

En este sentido, recuperando a De Certeau, los teóricos del habla reivindicaron un lugar central para la comunidad al replantearse el tan difundido cuadro semiótico de la comunicación.
Según Vidal y también De Certeau, no se debe dejar de lado el “uso” que se hace de los discursos ya que, precisamente, allí son visibles las tácticas que  los pobres operan cuando parecen “no tener voz”, pero ella está incluida en el lugar  performativo de los discursos que éstos reconocen como propios, lo que les permite decir y actuar a través de la “mediación”, concepto de Barbero por el cual las formas de comportamiento frente al consumo poseen cierta ideología que –incluso- puede llegar a cuestionar paradójicamente el consumo alienante y pasivo fomentado por la industria cultural.

¿Para qué leemos lo que leemos o para que oímos lo qué oímos? Hace poco un estudio interesante sobre la lectura del Martín Fierro en manos del historiador cordobés Roberto Ferrero, se arriesgó a establecer líneas de diálogo con la recepción de esta obra por parte de los campesinos pobres de Córdoba.

 Tal vez en esa respuesta sobre la recepeción,  esté la clave del estudio del arte como eje transculturador. Para De Certeau,
“desde hace mucho tiempo se han estudiado las inversiones secretas y, sin embargo, fundamentales provocadas por el consumo. De esta forma, el éxito espectacular de la colonización española con las etnias indias se ha visto desviado por el uso que se hacía de ella” (De Certeau, 2007: 38).
Pensar, en realidad, el arte con respecto a los “subalternos” nos lleva a rever todas nuestras ideas y nuestro arsenal teórico-metodológico para no relegarlas sólo a campos cercanos de análisis, como la antropología, la sociología, la etnología, ante la falta de herramientas de comprensión. Aún le debemos al estructuralismo el aporte de Greimás y sus programas narrativos, las funciones de los cuentos populares de Propp y la revitalización del estudio del arquetipo que nos permiten analizar estructuras literarias que pueden parecer muy simples, pero en verdad no lo son.
Una vez “desnudado” el programa narrativo básico de una historia, tal vez no diste mucho Shakespeare de una leyenda aborigen.
Pero aún sobrevuela la pregunta, ¿será la literatura para los sectores marginados aquello que nosotros creemos abarcar como objeto de estudio?
Lejos de ser objeto de contemplación, el “arte subalterno” tiene un uso concreto y una función desechable, lo que se entiende como “artesanía”, concepto que se origina en el medioevo europeo, como una práctica centrada más en la habilidad manual que en la creatividad y expresividad, más en lo reiterativo y serial que en lo único. Aunque tal vez el prejuicio sobre los portadores de esas formas de arte sea el principal factor para que se condicione sin más su acceso y privilegio al criterio de ARTE con mayúsculas.
En el revés de esta trama –precisamente- está el problema de la canonización. Podemos arriesgar que ciertas formas de arte “subalterno” se niegan a ser “canonizadas” y archivadas, pues en ello radica su fuerza de resistencia simbólica.  El canon –siguiendo a Jitrick- disminuye la multiplicidad significativa –de hecho, trata de fijar un sentido sobre otros- y esto afectaría la respuesta contra-hegemónica de las  letras del tango después de su ingreso al “salón de la fama”. Algo que, creemos, ha sucedido con el tango desde su paso por el arrabal milonguero hasta el entristecido tango-canción, que refiere Borges y que analiza Calligarigo.
Las obras literarias canónicas consideradas TRADICIONALES, son aquéllas que transmiten los más altos valores de nuestra ciudadanía, nuestras instituciones y nuestra identidad como pueblos. Pero también hay obras que se resisten a ser canonizadas aún cuando no pertenezcan a sujetos “subalternos”. De hecho, el no ser canónico, a veces es también una opción de los autores que se benefician de su supuesto “desplazamiento” o de estar en los “bordes” o “periferias” para validar su carácter innovador, su gesto a la vanguardia.
Muchos arriesgan la hipótesis de que tal vez el origen de todo este meollo en torno a la literatura no tenga sino por origen el de un mendigo ciego vendiendo historias.
Lejos de la Ciudad Letrada este mendigo sería un portavoz y no un autor como le gustaba llamarse a Hernández –un simple vehículo de una historia que sería explicable habida cuenta del pueblo que simbolizó sus inquietudes en torno a una historia.
Posiblemente del otro lado del espejo haya alguien debatiendo literatura sin saberlo, como  en una de esas historias como las de Cortázar donde el que se queda observado en la pecera es el observador. Un Pierre Menard con mucho de razón exigiendo regalías o un ciego re-elaborando otra Ilíada.

Bibliografía:

De Certeau, Michael (2004): La cultura en plural. Ed. Nueva Visión. Bs. As.
_________________ (2007). La Invención de lo cotidiano. Tomo I. Ed. Nueva Visión. Bs.As.
Eagleton, Terry (1998): ¿Qué es literatura" en Introducción a la Literatura.  Fondo de Cultura Económica.  Disponible en http://es.scribd.com/doc/7281097/Eagleton-Que-Es-La-Literatura
Ferrero, Roberto. (2001). Córdoba en la época del Martín Fierro. Esfuerzo y ocaso de las clases populares. Ediciones Alción. Cba.
Jitrick, Noé. (1996).  Dominios de la literatura. Acerca del Cnon. (Cella Comp.). Editorial Losada.
Motzejko, Teresa y COSTA, Ricardo (2003). Lugares del decir. Editorial Homo Sapiens. Cba.
Rama, Ángel. (1997). La ciudad letrada. Montevideo. Mundo.
Spivak, Gayatrari. (2004) “Puede hablar el sujeto subalterno?” en Revista Orbius Tertius.
Verdugo, Iber H. (1994) Las estrategias de discurso. Universidad Nacional de Córdoba.
Vidal, Hernán Comp.  (2006). Hermenéuticas de lo popular. Ed. The Prisma Institute, Serie “Literatura and Human Rights n°1” Minneapolis.









miércoles, 8 de agosto de 2012

Fútbol y Nación





Entrevista a Adolfo Maretto, autor de “El Zonda”


Mariana: Yo hago una homología entre “nación” y “fútbol” en el Zonda. Pienso que El zonda reformula los paradigmas sarmientos de “Civilización y Barbarie”, por ejemplo, porque los que comienzan el equipo son los de “abajo” que deciden o no aceptar a “los de arriba”. Por ejemplo, el Negro Tuco decide si los gringuitos Weber pueden jugar o no…

Adolfo: Los gringos Weber llegan a un barrio que hoy no es lo que era (se refiere a Alto Alberdi). Estamos hablando de los años sesenta y pico, eran casi barrancas las que lo conformaban y  llegaron los gringos Weber de ojos claros, rubios, de apellido alemán,  a un barrio de criollos entonces te podés imaginar como llamaron la atención y tuvieron que ganarse el espacio. Después fueron el centro de atracción. Pero todo el desafío pasaba por la pelota…

Mariana: Me recuerda al MF[1], la desconfianza del Negro Tuco ante ellos, “esos gringos no saben trabajar”, dice el gaucho y el Negro Tuco piensa que no saben jugar al fútbol, hay toda una reelaboración del paradigma de Sarmiento…

Adolfo: Es que en realidad siempre hablamos de marginación o se margina a los blancos o se margina a los negros. Ellos afirman que son “los del bajo” y después se juntaron con “los del alto”, que vivían de la Av. Colón para arriba, fronteras espaciales que socialmente marcan las diferencias y toda la unión se hace a través del fútbol.

Mariana: En cierta manera se renovaba la tensión entre los nativos, “los de abajo” y los “nuevos” o los “recién llegados” –los extranjeros- que podemos ver en el MF. Los del “bajo” fundaron la Nación –así como podemos pensarlo de Argentina- pero no son la minoría poderosa la que decide quien ingresa sino esos mismos del “bajo”. El fútbol supera las diferencias sociales, ¿tiene una misión salvadora el fútbol?

Adolfo: Yo creo que para ellos sí, no sé si salvadora, pero rescatadora. A mí me emociona cuando les pregunto a ellos que ya fundan canas.  Popín me dice “para mí El Zonda significa todo”. El zonda es algo virtual, pero que los mantuvo unidos toda la vida. Para Raulín “El Zonda es y ha sido una cooperativa de sentimiento”, es decir, son los personajes vivos y el espíritu del barrio

Mariana: Pero a veces el fútbol también reproduce la discriminación…

Adolfo: Ellos decían “Para entrar al Zonda había códigos muy fuertes”, pero El Zonda fue creciendo por diversas células. Estaban los Gringuitos Weber que se unen con el Negro Tuco, los primos del negro Tuco y empiezan a jugar contra los del “alto”, que eran muchos, y veían que los del alto venían a jugar al “bajo”, no iban los del bajo a jugar en lo del “alto”, los ingresaron “¿no quieren venir a jugar con nosotros?”. Y ahí ya le hicieron frente a los otros barrios… entonces había mucha selección, yo no sé si marginalización sino selección, en este caso. No cualquiera pertenece “al Zonda” son códigos que manejan y han manejado toda la vida. Y así se suma Petaco, siendo el arquero del equipo contrario cuando hay una pelea campal con el equipo contrario donde Petaco se pone a favor de ellos y ese es un código para sumarlo al equipo. Jugar en El Zonda era ser una persona confiable, pertenecer al grupo. No se podía jugar en El Zonda y no pertenecer.

Mariana: Eso refuerza mi idea de nación porque habitar o pertenecer al Suelo Argentino-Zonda implica tener un sentido de pertenencia, no sólo estar. Lo dice la constitución no es transcurrir o simplemente trabajar, para un extranjero, sino habitar y apropiarse de un sentimiento de argentinidad[2].
Hay un episodio donde se dice que El Nito Agüero, habitaba una zona de “malvivir” pero se lo acepta por su destreza en el arco, ¿se puede establecer un paralelismo con quienes habitan estas zonas y brindan protección al Estado como policías?

Adolfo: Yo no lo veo así, creo que la gran protectora del grupo era La Gorda Dolly y después se van formando caudillos: Los Weber, pero el Pato Weber, el Negro Tuco. Al Nito Agüero lo suman porque hacía era un reparto por ahí y era muy gracioso y tenía mucha destreza física, pero no servía mucho para él fútbol. Sin embargo, tiró la bicicleta y se metió al arco, a jugar.
Yo creo que la Gorda Dolly era la protección…

Mariana: ¿Y la Gorda Dolly que condición social tenía?

Adolfo:Eran clase media, obreros, socialmente humildes. Siempre preparaba mucha comida y tenía alguien más para comer y a dormir también. Nunca se supo cuántos vivían ahí porque vivían los hijos de ella, la Hilda que era una criada, el Negro Tuco, Petaco. Era la casa de todos.

Mariana: Alguna vez pensaste, o podés pensar ahora, que la Gorda Dolly era una “madre patria” para todos ellos…

Adolfo: Sí, yo creo que sí. Fue madre, esas madres malas que eran rectas y los querían muchos, los contenían muchos. Si a alguno lo dejaba la novia ella lo abrazaba. Si a otro lo echaban de la casa ella los recibía en la suya. Aunque después les pegaba unos retos… Ha sido la madre que muchos no tuvieron.

Mariana: Vos vas haciendo una homología con lo que sucede hasta aquí y la historia es bastante nefasta desde los 60 hasta ahora, con la dictadura de Onganía, la del 76, el “Cordobazo”, el menemismo... La Gorda Dolly parece una reivindicación de mito de Evita…

Adolfo: Sí, bueno la Gorda Dolly era peronista. Tenía esa cosa “peronacha”, era boca sucia, mandona, líder, recta y protectora, solidaria a muerte. Era capaz de dar la vida por los chicos. Si tenía que irse a las manos para proteger a alguno lo hacía.

Mariana: Y al final del libro se convierte en escritora…

Adolfo: Sí, lo encontramos muy prolijito en un cuaderno. Había que verla con el pucho en la boca amasando los tallarines y hay algo que me pasó muy lindo que es contar cómo en un barrio popular se toma la vida y la muerte. A la Gorda Dolly la velaron en su propia casa y los muchachos de El Zonda, al lado del cajón, riéndose a carcajadas porque contaban las historias y cómo la hacían renegar, con los hijos ahí…

Mariana: Vos hablás mucho del humor del cordobés, como una característica que lo define y para Bajtín ésta es una herramienta que tiene el pueblo para resistir, especialmente el pobre…

(…) En ese entorno social es una forma de sobrevivir: el fútbol y el humor…

Referencia teórica:

Bajtin, Mijaíl. La cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento: el contexto de Francois Rabelais. Alianza Universidad. Madrid. 1989.
Alabarces, Pablo. Fútbol y Patria. Prometeo Libros. 2007. Bs. As. Disponible en: http://www.nacio.unlp.edu.ar/claudio/af/futbol_y_patria.pdf

Cómo citar este blog.
Valle, Mariana. "Fútbol y Nación: Entrevista a Adolfo Maretto, autor de El Zonda" en La docta Literaria, blog, disponible en http://ladoctaliteraria.blogspot.com.ar/2012/08/futbol-y-nacion.html , Córdoba, 2012.


http://ladoctaliteraria.blogspot.com.ar/2012/08/futbol-y-nacion.html

[1] Quiere decir Martín Fierro
[2] Ver Constitución Argentina

martes, 31 de julio de 2012

Villas, pobreza...Recuerdos

No dista mucho la novela  Chozas de Pablo Giordano de Un Guacho apellidado Paz, de José Luis Bigi o El Zonda de Adolfo Maretto. Las tres se internan en el escenario de la pobreza para narrar el trancurrir de los años de un personaje marginal que, en el caso de Maretto y de Giordano, concuerdan narrador y autor en una plena ilusión de realismo narrativo.
"Para mí fue salir del closet, contarme, decirle a todos que no fui el que veían, que no soy el que vieron, que la realidad no lo es, que la información es lo único que existe, si nos ponemos científicos.", dice Giordano.
Maretto y Giordano apelan por momentos a cuadros costumbristas de la villa. Tal vez el primero, con cierta calidez e inocencia juvenil que no deja ver la violencia de las villas o de los entornos de gran pobreza, tal vez el segundo hábilmente condensa violencia, realismo e incocencia en sus recuerdos de las "chozas", según él "Un barrio de clase media, media-baja que comienza a poblarse y construir sus tapias a mediados de los ochenta en un pueblo del interior provincial mediterráneo".
Maretto, en varios pasajes, me recuerda al genial Azor Grimaut, quien con un humor narra , pintoresquistamente,la vida de personajes marginales en una galería singular, ya sea en Ancua o Cordobeseando. 
Para Bibiana Eguía, "La referencia textual espacio remite (durante esta década menemista) a la del propio autor. Esto, en Córdoba no se muestra como un procedimiento ganado. Córdoba, como ciudad, es un espacio con nombre negado (...) Por ejemplo Una luz muy lejana de Daniel Moyano (republicada a fines de los 80)... remite a la los barrios de la periferia cordobesa, pero no la nombra..." (Eguía, 2011: 56)
Giordano, narra su futuro pasaje a la vida de adulto-escritor. ¿Qué es escribir? Para el narrador-autor adolescente de su novela "Escribir es no saber vivir, masticar la vida como un perro a un trapo, hacernos un agujero para olernos por dentro (...). "Olerse por dentro" en un "laberinto de espejos rotos" es narrarse íntimamente, en el absurdo del contexto menemista (empezó a escribir esta novela en el 94) .
La violencia del pobre es silenciosa, se suceden golpes de estado, guerras, reemplazos de gobiernos y el pobre siempre está allí con su anecdotario mínimo, esperando que la  violencia del Estado sobre él ya no sea tan silenciosa ...

Bibliografía teórica de referencia:
Entrevista a Pablo Giordano
Eguía, Bibiana. " Claves de acceso a la literatura de Córdoba" en Memoria, Literatura y Política en Córdoba. Cuadernos de Investigación. Villa María. Eduvim. 2011.